Estimado lector, me mudo de portal. Si quieres seguir leyendo mis entradas, puedes hacerlo en la siguiente dirección:
elportaminasdemaca.blogspot.com
Muchas gracias a La Coctelera por haberme acogido durante tantos años.
26 Mayo 2012
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23 Mayo 2012
El problema al que me enfrento a la hora de relatar experiencias personales, como novato de la escritura, no es el de falta de imaginación. Me basta tener los ojos abiertos mientras conduzco, mientras trabajo, mientras hago deporte, mientras como, mientras duermo, mientras me ducho, mientras respiro, mientras mi corazón late, para que mil situaciones cotidianas se conviertan en un pensamiento que me pueda llevar a la reflexión, y que a su vez sea plasmada en forma de relato corto para ser publicada en el blog. Podría engañarme, engañaros, diciendo que bloguear es sencillo. ¡Mentira! lo complejo comercializado como simple, es porque su dificultad es máxima y ha de estar oculta para que sea consumido. Mi reto diario es contar sucesos propios sin hacer caer al lector en el aburrimiento y siendo fiel a una regla inquebrantable: adornar sin inventar. La mayoría de las veces no lo consigo pero no cejo en mi empeño.
Había pensado en volver a hablar de política, del trabajo, del miedo al despido, de la reforma laboral, del tráfico, de la prima de riesgo, de la incompetencia social, en definitiva traspasar la línea roja del aburrimiento con todo aquello que nos rodea y de lo que estamos cansados. Hoy, que el azar decida. He cogido un libro de una de las estanterías del salón, lo he abierto por una página cualquiera, he elegido la derecha por contradecirme en mis principios y he leído el encabezamiento: Bebiendo Té rendirá más su trabajo porque el té despeja, conforta, serena y reanima. La medicina moderna destaca –la publicación es de diciembre de 1961- aparte de su excelente valor digestivo, la gran capacidad del té para aclarar las ideas, avivar el sentido creador, aumentar la decisión y la seguridad en sí mismo […]
Había sido un día duro en la fábrica. De las ocho horas que duraba la jornada laboral, seis las había dedicado a ocultar la dejadez ajena. Provisto de escoba y recogedor, Leugim Acam , había apilado en montículos las vergüenzas a la espera de que alguno se diera por aludido antes de que desaparecieran para siempre en el cubo de la basura. Paseó observando, ansiando una mirada de arrepentimiento. No sucedió nada. Cansado de la aparente invisibilidad de la iniciativa, terminó el trabajo sucio y desapareció por la pequeña puerta lateral. Había abarcado más de lo que podía sin tener en cuenta el propósito de no entrar en la rueda de la jaula. Cuando llegó a casa una ducha le devolvió a la realidad. Sudor y polvo se perdieron por el sumidero devolviéndole su condición de persona.
Encendió el ordenador, revisó el correo, se recostó, cerró los ojos y suspiró echando la cabeza hacia atrás buscando algo importante que contarse, una razón para entender la desidia ajena. Sobre la mesa de cristal un vaso humeante dejaba escapar las ideas aromáticas que respiraba. Mientras, en un agua turbia reposaban los posos creativos de la infusión que bebería. Mañana sería otro día –pensó antes de empezar a escribir sobre las asombrosas propiedades reparadoras del té-.
!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->22 Mayo 2012
El destino, por si solo, puede ser cruel. Cuando además se alía con la muerte, juntos escriben narraciones que se recuerdan durante mucho tiempo. Esas historias sirven de ejemplo, sorprenden, descomponen las entrañas y hielan la sangre por la crudeza de lo que relatan.
Hace dos semanas enterramos a un compañero de trabajo. Hace una semana enterramos a otro. En apenas cinco días dos bandas, pagadas a escote, rezaban la misma oración pronunciada por creyentes y no creyentes: tus compañeros no te olvidan. En el trabajo miradas cruzadas lo decían todo sin levantar la vista; los silencios retumbaban al ser rotos por palabras que sonaban a pena; el calor de la mañana no lograba caldear el frío ambiente; unos nombres escritos en dos taquillas, féretros de chapa, franqueaban posesiones ocultas de los que habían perdido la vida; ninguno podíamos aceptar las similitudes que desencadenaron el fatal desenlace, muchas, demasiadas para ser ciertas.
Benja enfermó dos meses después que Juan Carlos. El cáncer se fijó en ellos, en sus pulmones. Benja y Juan Carlos estuvieron ingresados en el mismo hospital, lucharon con el mismo veneno, combatieron con valentía y perdieron la contienda como guerreros. Benja y Juan Carlos reposaron en el mismo tanatorio, recibieron las mismas visitas, dejaron igual vacío. Los dos perdieron pero uno de ellos fue objeto de un maquiavélico plan, supremo, perfectamente orquestado para dejar huella en los vivos, para recordarnos la fragilidad. Benja no tenía esperanza, Juan Carlos sí. El desenlace de Benja era cierto, un año como mucho; se cumplió. Por el contrario, Juan Carlos estaba curado, una última sesión de quimioterapia y, si los análisis seguían saliendo bien, recibiría el alta. Estaba sano, había ganado –pensaba mientras una enfermera le buscaba una vena en la que inyectar sufrimiento antes de coronar el puerto-. En ese momento su corazón falló, su último latido fue desgarrador. Murió sentado en una sala del hospital, de un hachazo fulminante, sorprendido por la espalda.
Me da miedo pensar que estemos programados para fallar, que todo intento por dar una paso más sea inútil. ¿Y si la cita está pactada? Lo mejor es no pensarlo y vivir en la ignorancia, ajenos a la certeza más rotunda. Tiempo habrá de hacerlo cuando llegue el momento. Compañeros, descansad en paz disfrutando de lo mucho que os echamos de menos.
!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->20 Mayo 2012
Cada muchos años mayo viene así, con tiempo loco, lleno de comuniones, de comilonas y con sorpresa inesperada. Tenía una cuenta pendiente en la vida, una ilusión que se desvanecía como humo con el paso del tiempo y que ayer, en la celebración de la primera eucaristía de mi sobrina, se ha materializado con toda la fuerza de la alegría. Al fin voy a cumplir el sueño de ser padrino en un bautizo.
Para mí, ser padrino significa mucho, será una gran tarea de apoyo como pago a un reconocimiento por parte de los padres. Sobre un padrino recae la responsabilidad primera de ocuparse de una vida espiritual en el caso de que falten o no la puedan cumplir los tutores. Ser padrino conlleva estar a la altura cuando te consulten sobre su educación, estar dispuesto a saber ganarse la confianza del apadrinado sin traicionar a los que más le quieran. Ser padrino es tener claro que, llegado el caso, el sacrificio exigido será inmediato y sin contraprestaciones. Ser padrino es contestar en nombre de un ser para que forme parte de una comunidad, recomendarle sin miedo a ser defraudado, lanzarse a su lado al vacio sin temor a que el paracaídas no se abra. Ser padrino es dar la cara, sin titubeo, ante una parte de la sociedad que precisa buena gente para seguir su marcha de progreso, y defender su condición - con cordura- ante la que está ciega de rabia y maldad. Ser padrino es más que un título, más que repartir chucherías y monedas el día del bautizo, más que regalarle una medalla.
Desde que conozco la noticia no he ocultado ni mi alegría ni mi orgullo. Me siento privilegiado al poder compartir sentimientos. Quiero estar a la altura y ver crecer a mi ahijad@, permanecer a la sombra de sus padres, al otro lado del cristal, sin inmiscuirme pero preparado para que me rompan y utilicen en caso de incendio. Papis, espero dar la talla.
!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->9 Mayo 2012
Mi amigo Don José me ha hecho un regalo excepcional. Aficionado a la mineralogía, cuenta con una colección impresionante de piezas que ha ido ampliando en sus expediciones líticas. Tremendamente detallista siempre me obsequia con, como él los llama, despojos de coleccionista. Me gustan, soy un simio atraído por la riqueza visual. Profano en la materia, no dejan de ser piedras vistosas hasta que me ilumina con una de sus clases magistrales. Hoy ha sido a la salida del trabajo, sentados en el maletero de su coche, mientras parecíamos traficantes que negociábamos con una mercancía prohibida. El obsequio, un erizo de mar fosilizado.
Millones de años nos separan. Es fascinante. Presiones inimaginables, temperaturas escalofriantes, lluvia de meteoritos, mares inexistentes en la actualidad y explosiones apocalípticas han permitido que un ser vivo más viejo que la prehistoria, haya mantenido su aspecto para germinar de las profundidades del mundo y reposar sobre mi mano. No hago más que observarlo. La inventiva se me agudiza cuando pienso en su vida, cuando pienso en su muerte.
Mi erizo es más viejo que el hombre, más sabio. Parecerá tontería pero cuando lo presiono en mi puño desprende una energía poderosa. Con toda nuestra evolución, nuestra inteligencia y nuestros conocimientos, sabemos menos que él. En el cerebro primario del erizo, ahora petrificado, se encierra el secreto de la vida, el equilibrio cósmico, la convivencia del caos y el orden. Su evolución hasta convertirse en la dureza que es, tiene para mí más coherencia que la malgastada por algunas personas desde hace treinta millones de años.
!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->8 Mayo 2012
Cuando era niño, casi todos los meses de marzo, cuando algunos días me regalaban un despertar soleado, proclamaba a los cuatro vientos que el buen tiempo había llegado. Disfrutando de la tibieza estacional era imposible fallar en el pronóstico. Nunca acerté. Año tras año cometía el mismo error dejándome llevar equivocadamente porque era más fuerte mi deseo primaveral de adolescente que aceptar la realidad. El tercer mes siempre allanaba el camino a su cuarto hermano riéndose de mi ilusión. Nunca se lo perdonaré a ninguno.
Esta mañana he sentido algo maravilloso. He debido de desarrollar, por fin, una habilidad que me permite afirmar que el buen tiempo está aquí, que el frio abandona la lucha porque la tregua estival está a punto de ser firmada. El viento se ha pasado toda la jornada jugando con mi olfato, susurrando mi nombre y desapareciendo, tocándome la espalda y escondiéndose cuando giraba la cabeza. Al fin conseguí atraparlo en un renuncio del juego cuando iba cargado de olor a espliego. Ha sido un momento lleno de vida, preñado de ganas de emprender proyectos, embriagador.
El buen tiempo ya está aquí. He respirado a pleno pulmón la realidad que perseguí, en su justo momento. Erraba porque presentía, acierto por lo que siento.
!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->6 Mayo 2012
Que fácil es contentarme. Todo aquel que me conoce sabe lo sencillo que es dar en el clavo a la hora de hacerme un regalo. Un libro es la forma más segura de conquistarme y de recibir mi gratitud durante, al menos, el tiempo que tarde en desvelar sus misterios; cuanto más gordo, mejor; mil páginas, mil gracias. En mi cumpleaños y por Navidad me suelo aprovisionar de la generosidad, con los libros regalados el año está cubierto y cuando mi mujer ve que me siento en el sillón y no hay un libro cerca o, pasados unos minutos, miro al televisor hasta caer dormido, se pone manos a la obra para salvarme del tedio.
22/11/63 es el último agasajo que ha caído en mis manos. Novecientas páginas para un lector compulsivo no suponen ningún reto, ninguna fatiga, todo lo contrario. Abrir un libro tan voluminoso es emprender un largo viaje a ninguna parte junto a un compañero de camarote que te cuenta una historia cuando más te apetece, sin caer en el aburrimiento, sin que se enfade cuando le interrumpas en la narración, que continúa en el punto de la historia en el que lo dejó siempre que decidas escuchar. Ya sea mañana, tarde, noche o madrugada está dispuesto a amoldarse a tu ritmo de atención.
Empezar a leer un libro de casi mil páginas es abrir la puerta de las emociones, de par en par, a un desconocido sin importar su condición . En esta larga travesía comparto ventanilla con un viejo conocido: Stephen King. Juntos hemos visto aparecer y desaparecer paisajes inimaginables, nacer y morir personajes. Tiene el honor de haber sido el responsable de una afición, convertida en virtud, que dura casi treinta años. Muchos no aguantan la descripción obsesiva de los personajes a través de sus vivencias. Yo disfruto con ellas porque cuando abro uno de sus libros, previamente he firmado un contrato en el que acepto las reglas del juego: confiar en él a cambio de disfrutar con una trama y un final sorprendentes. Próxima parada, Dallas.
Esta es una reflexión que no todos entenderán. Únicamente los viajeros sedentarios sabrán de lo que hablo.
!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->4 Mayo 2012
Había decidido terminar de ver el capítulo de House en la cama. Desde que instalé una televisión en el dormitorio, muchas noches comenzaban con los cinco metidos en la cama. Poco a poco las persianas iban cayendo lentamente, entre corte y corte publicitario, mientras por la ventana entraba la luz de la luna. El último era yo y mi trabajo consistía en repartir el cargamento de sueños de habitación en habitación. Al apagar el televisor, la noche lo iluminó todo. Era el momento de dormir, de dejar volar la mente, de reparar los desperfectos, de mezclar momentos rememorados inventando una fantasía.
No podía dejar de pensar. Por más que apretaba los párpados para detener el tiempo, el reloj seguía pasando los minutos rojos. Me di la vuelta una vez, y otra, y otra más. Volteé la almohada buscando el calor del hogar en el frío acomodo pero el perro de pluma, por más giros que daba no decidía acostarse. Me tumbé boca arriba, cogí aire y lo solté en un suspiro. Probé a abrir los ojos para comenzar de nuevo el ritual. Nada funcionaba, todo intento fue en vano. El silencio, aquella noche, era extraño; sonaba más que nunca. Toda la casa reposaba.
Decidí levantarme y mirar por la ventana. Eran las cuatro de la madrugada y llovía. La calle estaba desierta y el patio del colegio brillaba bajo las farolas. La ciudad dormía. A lo lejos, en el edificio de enfrente, había una ventana iluminada. Me reconfortaba pensar que no era el único que se había desvelado. Me di cuenta de que tenía los pies fríos. Por fin me apetecía meterme en la cama y taparme. Morfeo acudía a la cita, estaba a punto de lograrlo.
Un destello verde se proyectó en la pared, lo vi claramente. Giré la cabeza hacia la izquierda. Dios, me di cuenta de que la puerta estaba a mi espalda, invitando a entrar sin llamar, abierta. Aunque las cortinas cubrían mi retaguardia, si había algo en la habitación no me protegerían demasiado. Aquel reflejo verde apareció de nuevo, esta vez durante varios segundos. El corazón se me aceleró, mis pupilas dilataron los colores para darme algo de ventaja en la oscuridad. Esperé un instante sin respirar. Quería darme la vuelta pero los pies olvidaron como hacerlo. Las gotas resbalaban por el cristal igual que el sudor por mi frente. La imaginación se desvinculó de la cordura. Un joven padre Merrin reptando por el túnel con la antorcha en la mano vino a mi mente. Sentí miedo, sabía que en la siguiente escena se apagaría y al encenderla de nuevo una cara de posesa respiraría a dos centímetros de la suya. Me negué a pensar, a reaccionar, a girar.
La extraña luz verde me sobresaltó de nuevo. Tenía que calmarme, recordar lo que les repito a mis hijos cuando sienten miedo: en la vida todo tiene una explicación lógica. –Veamos –me dije- el destello aparece y desaparece una y otra vez atendiendo a un ciclo entre pensamiento y pensamiento. No hay ningún monstruo capaz de parpadear tan poco. Seguía diluviando. Las farolas, como en un teatro, alumbraban a los actores en su caída libre hasta que se estrellaban por miles en el asfalto verde. Todo era verde.
Nada es lo que parece. Un semáforo se burlaba de mi ingenuidad. La luz es caprichosa a la hora de reflejarse. Me giré, entré en la cama, acomodé la almohada maniáticamente y apoyé la cabeza sobre ella mirando a la pared, esperando con una sonrisa en los labios que se repitiera el destello. No volví a verlo y seguí desvelado hasta el amanecer.
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