Leer clásicos de la literatura, en principio, puede ser el origen del huidizo comportamiento que nos haga batir en retirada ante un ejercito de pretéritos renglones uniformados, en perfecta formación como en épicas historias que se convierten en gestas. En cierto modo y tras leer –he de reconocer que por impuesta obligación- una de las “joyas” de la literatura española de finales del siglo XV, me he visto como el juglar que de memoria y en la plaza del pueblo recitaba sin pararse a analizar la razón del epíteto infumable, que tantas veces oí, que tantas veces escuchamos.
Leyendo “La Celestina” he llegado a la conclusión de que adolecer de la formación necesaria para el completo análisis de la obra, no ha sido impedimento para que la sabiduría del autor/es ( no está claro este punto) a la hora de describir una época, me hayan permitido observar como actual la fotografía de una sociedad arcaica y deshumanizada de hace siglos.
Por un lado está Celestina, la puta vieja sobre la que se descargan toda clase de calificativos imaginables. La más demonio que humana y que justifica su comportamiento en la necesidad de sus servicios en la sociedad urbana, es la representación de nuestros vicios, de nuestras pasiones, de las bajezas primitivas a las que nos rendimos en las cavernas y que, como si de un retrato familiar se tratase, nos pasamos y colgamos generación tras generación en las paredes de nuestras almas. Es la lujuria del religioso, la avaricia del pudiente, la encarnación de la moral sin escrúpulos del compañero de trabajo, la perversión del hombre recto.
De otro lado Calisto, el ingenio pretendido. El eterno mozo que aparece y desaparece a voluntad de buenos sentimientos. El que hace exageradas locuras propias del amor. Melibea es la amada, la representación de la mujer moderna, apasionada, individualista y con ideas propias que continúa persiguiendo hoy en día el reconocimiento y la excelencia.
Sempronio y Pármeno, los siempre desconfiados y peligrosos siervos amigos. Elicia y Areúsa, prostitutas que crecen al amparo de la sociedad más pudiente. Alisa y Pleberio, los padres de Melibea preocupados solamente por el bienestar económico, y más y más personajes que no hacen más que recordarnos que los problemas de hoy y los individuos del mundo actual, somos los de siempre.
Si tuviera que adoptar la personalidad de uno de ellos, no podría. Tristemente soy un compendio, una mezcla de todos y cada uno. El que mira a otro lado ante ciertas acciones. El inquisidor y justiciero que no necesita del pañuelo de la imparcialidad en el ojo tuerto y sin vida. El de la sonrisa altiva. El de la blanca tez que cada vez se sonroja en menos ocasiones. El dominado por los claroscuros del pintor.
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Ingenuo de mí. ¿Cómo pude caer en la trampa de Tom Cruise y Paul Newman en su más ridícula versión española?
Antes de empezar a profundizar en el tema de las pruebas realizadas y las conclusiones obtenidas, me gustaría tratar en las próximas entradas las penurias, simulacros, problemas de financiación y anécdotas del grupo de personas que tuvo la oportunidad de analizar seriamente la Sábana Santa por primera vez. Creo que es la parte de esta historia menos conocida, y que no por ello debiera resultar en el olvido por parecer la menos importante.

Escuchar a nuestros mayores es uno de mis vicios. De vez en cuando, de las interminables y repetitivas charlas, sale una perla que no puedo guardar para mí solo. Hoy es el día de todos los Santos y las tradiciones han cambiado. Los pensamientos han evolucionado, o eso es lo que creemos.