Hoy quiero hablaros de otras guerras que por tener lugar en el inmaterial mundo de valores de amor, perdón y concordia, si cabe, son más absurdas, hipócritas y chocantes que ninguna otra. Adentrémonos en las entrañas de la iglesia, en el mundo de lo divino, en el mismo corazón de San Pedro para conocer, aunque sea someramente, algo sobre las batallas internas por el poder en el reino de los cielos, entre estados o como no, contra el pueblo.
Os confieso que me siento como el profesor de primaria que se enfrenta a treinta jóvenes de 11 años para tratar, por primera vez, la lección más escabrosa de cuantas componen el temario del año.... Siendo inevitable para él y para mí me preocupa encontrar la justa medida y no saber huir de lo chabacano, lo vulgar, el exceso de pasión o la abundancia en lo comedido. No quisiera caer en el alarde de Cleopatra que presumía de ser la más grande feladora del mundo antiguo al haber dejado satisfechos a 1000 varones, ni en el recato del papa Paulo IV que ordenó que se cubriera con ropa los genitales del Juicio Final, en la Capilla Sixtina del Vaticano. Una vez oí que Rendirse es de cobardes, más rendirse por completo y enfrentar las consecuencias, eso es de valientes. Así que cerraré los ojos, pondré la música y me dejaré llevar por todo menos por la razón. Efectivamente, aventajados alumnos y seguidores de la historia, por si hay alguien que todavía no sepa por donde van los tiros, hoy hablaremos de sexo.
Quien apoyó a Franco y contribuyó al golpe de Estado con cinco mil pesetas, veía con el tiempo a la España Nacionalista como él mismo dijo “militarización africanista pagano-imperialista” y no contento con los acontecimientos se declaró igualmente “aterrado por el cariz que estaba tomando aquella guerra civil, realmente horrible, debido a una enfermedad mental colectiva, a una epidemia de locura con un sustrato patológico”. Algunos amigos suyos habían sido fusilados, y otros estaban presos, por lo que se vio en la obligación de acudir al general Franco, que tenía su cuartel general en el palacio episcopal de Salamanca para intentar interceder por los condenados. Esto ocurrió en 1936, y su petición fue infructuosa, produciéndose en él un arrepentimiento de su apoyo inicial a la sublevación militar. Como no, estoy hablando de Don Miguel de Unamuno.
Blas de Lezo era un verdadero lobo de mar. Guipuzcoano de nacimiento en 1701 se enroló en el buque insignia de la flota francesa. En la batalla naval de Vélez-Málaga una bala de cañon le hirió la pierna izquierda teniéndosela que amputar sin anestesia. Fue ascendido por méritos a alférez de navío. Participó también en la Guerra de Sucesión que enfrentaba a Españoles y Franceses contra ingleses y holandeses en la que perdió su ojo izquierdo por una esquirla de cañón y en el segundo asedio de Barcelona en 1714, una bala de mosquete le inutilizó el brazo derecho. No habiendo cumplido los treinta años de edad, estaba considerado como uno de los mejores militares españoles alcanzando la graduación de capitán de navío.
Durante su vida le fueron confiadas multitud de misiones como las de limpiar las costas del Pacífico de piratas o la de plantarse con seis navíos frente a la República genovesa para reclamar dos millones de pesos pertenecientes a la corona española. Consiguió el dinero y que los italianos rindieran homenaje a la bandera española para no ser cañoneados desde el mar. Capitaneó la expedición militar que reconquistó la ciudad de Orán persiguiendo al buque insignia del pirata argelino Bay Hassan, entrando a fuego sobre las defensas de la bahía de Mostagán hasta conseguir hundir el navío berberisco.