¿Que hicieron esas mujeres que desnudas danzaban en torno a una fogata para que los varones decidieran castigarles con la muerte? Probablemente se embriagaban de la naturaleza y se fusionaban con ella como solo las fuentes vivas con poder de creación, saben captar esa esencia invisible que todo lo llena.

Bailaban por el simple placer de ser felices, de mirarse de igual a igual sin nadie que les hiciera sentirse inferiores.
Y entonces representaron una amenaza para los hombres, que iniciaron, no una persecución como a un enemigo, sino una caza como si de animales se tratasen.

Su delito fue excluirnos de su círculo de poder. Transmitían su sabiduría siempre a las jóvenes del grupo, sabedoras del peligro que entrañaba enseñar a los que eran más fuertes y jefes de la sociedad. No podían prescindir de ellas, aunque imperiosamente, necesitaban apartarlas de los consejos y de cualquier toma de decisión importante.

Eran pocas las que se atrevían, pero selectas.

Tenían el poder de curar y eran confidentes en la enfermedad, creando una dependencia en los malos momentos que amenazaba a los varones.
Las llamaron hechiceras y las recluyeron en lo más bajo de la sociedad, para que nadie se diera cuenta del bien que hacían. Las utilizaron para hacer pócimas de enamoramientos, brebajes contra los dolores, y cuando tuvieron miedo de la dependencia, inventaron las historias de culto al diablo, su capacidad de volar y su poder de transformación.

La veda de caza se había abierto y en el nombre de Dios las exterminaron.

Algunos observándolas y otros por el tierno amor de la madre o de la amante, que no amada, aprendieron parte de sus secretos y quisieron imitarlas. Los hombres practicaron en la calle la magia buena y a las mujeres, atribuyéndoles el poder de la magia mala, las convertimos en las concubinas de Satán.

Un burdo invento por relegar la iniciativa e innovación a un segundo plano.

Perseguidas desde la edad antigua en todas las culturas por, supuestamente, tener el poder de hacer daño y culpables de herejía, recibían sus castigos ante la atónita mirada de las que como ellas tenían el placer de despuntar sobre los varones y sufrían el calvario de sus compañeras en pos de la perpetuidad de su saber.

La unión entre la madre naturaleza y la humanidad se había roto.

Las censuraron, marginaron y marcaron en la Biblia, en los sermones y en las escuelas, maldiciéndolas por ser causantes de nuestro pecado original.

La primera lucha sexista por el control tenia un virtual ganador.
Y las llamamos desde ese momento...Las Maleficaes, las brujas; Las feministas que quieren sacar los pies del tiesto, diríamos hoy sarcásticamente, mujeres con carácter, emprendedoras y continuadoras de la lucha, por una igualdad y reconocimientos, empezada hace seiscientos años.

Siempre han estado entre nosotros, sumisas en la sombra pero trabajando para darnos luz y esperando un momento, como el actual, para hacerse sentir y reclamar sus puestos arrebatados.
Mujeres con inquietudes, que estudian, que trabajan, que dirigen negocios o que ostentan puestos de responsabilidad en gobiernos y organizaciones y que además, son madres y esposas. Comprometidas con nuestro tiempo y punta de lanza de las futuras generaciones.

Capaces de desafiar y crispar a los sectores más conservadores y nostálgicos de nuestras comunidades y motivo de sorna en medios de comunicación extremistas tanto en sus conclusiones como en sus hirientes comentarios, a los que cuesta aceptar, sin ir mas lejos, a una Ministra de Defensa.

Fijaos un poquito y os daréis cuenta de lo que digo; todos hemos estado presentes en situaciones en las que el hombre ha mandado acallar a la mujer, que sumisa ha bajado la mirada sin rechistar: Un abuelo, un vecino, un amigo, más triste un padre…

Yo mismo en una comida de empresa, fui testigo de una situación en la que el jefe supremo, creyéndose con el poder moral de hacer chistes con un tema al que a nadie con sentido común se le ocurriría, como es la violencia machista, pronunció la inmoral frase “…pues fijaos como estaría el marido de su mujer para prenderle fuego viva y matarla…” a lo que siguieron unas risas de su Santa Comparsa.
En aquella ocasión el silencio del grupo de comensales, formado por hombres y mujeres, fue suficiente para acallar las risas y hacer sentir al inquisidor y su coro de hienas, como al inconsciente chiquillo al que el padre reprende delante de sus amiguitos.
Como él mismo decía “..Dios no me ha querido bendecir con el milagro de los hijos”, a lo que yo mil veces pensé “…Dios es más sabio de lo que pensamos”.

Condenadas al fuego purificador simplemente por reclamar su sitio, por amenazar al hombre equivocado, por resplandecer en un mundo de tinieblas, por ser zancadilleadas y levantarse, minando la paciencia y autoestima de quien las puso el pie.

Así eran y son sus descendientes. Las mujeres a las que Torquemada y su endiosada Inquisición acusarían de ser las nuevas herejes del siglo XXI.
Si los jueces de la moral leyeran esta reflexión, no dudarían en condenarme por ser una vergüenza para los hombres; no me quemarían porque dirían que actúo bajo el influjo de los hechizos y que el diablo habla por mi boca. ¡Privilegios de ser uno de ellos!
El que mi hija compita en igualdad de condiciones es también una lucha de "los machotes" y sobre todo de su padre. No nos sintamos orgullosos de la “paridad” en las listas, que no es más que un invento de los modernos inquisidores por mantener su posición perdida de antemano.

Las brujas, otra prueba evidente de manipulación, injusticia y corrupción del poder; al menos esta es mi particular visión.

Si aún no la tienes, amigo varón, pon a una hereje, una bruja, o una maleficae en tu vida y déjate llevar. Puede que esté dispuesta a permitirte beber de las mieles que contienen el secreto de la vida.