Los periódicos anunciaban para toda la semana un considerable aumento de las temperaturas en todo el país.
Danag, no había dormido bien. Durante toda la noche veía pasar las horas en el despertador que ya presagiaba un pronto final del tiempo de reposo.
Cuanto más empeño ponía en dormir, más acuciante era el desvelo y el estado de ansiedad.
Las sábanas estaban pegajosas y no era posible palpar con los pies una sola sensación de frescor en el mullido territorio.
El pelo, que ahora llevaba largo, se le pegaba en la cara.
Luchar contra la vigilia producida por los cambios de turno era, una semana más, la batalla perdida de antemano que solo el cansancio de varios días y la paulatina adaptación del organismo, se encargarían de ir igualando, en cuanto a fuerzas se refiere, los efectivos de ambos bandos para el combate final.
No había comido casi nada durante la mañana; llevaba en la mochila una pieza de fruta y una sangría fresca, que fue lo único capaz de tomar. Comer cuando debería estar digiriendo y trabajar mientras tendría que estar durmiendo se le antojaba de una anti-naturaleza tal que provocaba, como no es de extrañar, una reacción dramática en todo su organismo.
Los pocos minutos encadenados de reparador sueño eran interrumpidos por la vejiga, que como el francotirador de feria que espera la salida del metálico patito para propinar un certero “gong”, le sacaba arrastrándole por los pelos del maravilloso mundo de los sueños, devolviéndole a la cruda realidad.
Faltaban pocas horas para que amaneciera y pensar que mientras todos se estaban preparando para irse a dormir, él tendría que estar trabajando durante toda la mañana le producía unos cambios de humor que no hacía más que empeorar la maltrecha simpatía de la que presumía.
En el trayecto hacia la fábrica sonreía recordando las palabras de sus hijos “...pues no vayas hoy a trabajar y di que estás malo”.
¡Y dicen que los niños no tienen cordura!
-Venga, dejaos de tonterías y a la cama pronto que luego por la noche no hay quien os despierte – les repetía todos los días durante la semana que duraba el turno de mañana-.
Estaréis pensando que al pobre Miguel Ángel se le ha ido la cabeza y que como primer síntoma muestra una pérdida de todo sentido del tiempo.
Todavía no, aunque no creo que tarde mucho. Toda esta historia es fruto del temido turno de noche que miles y miles de trabajadores tenemos que sufrir en nuestras carnes y que en cierta manera nos convierte durante unas cuantas jornadas en los vampiros de la sociedad.
No estamos vivos pero tampoco muertos, somos capaces de transformarnos en animales (lo normal es terminar arrastrándonos como serpientes), tenemos la piel pálida y estilizada, cadavéricos, famélicos, ojos desorbitados y casi siempre rojos, nos molesta la luz mientras volvemos a casa buscando el ataúd y ningún humano normal que haya dormido durante toda la noche puede vernos sin huir de pánico cuando nos le cruzamos por la mañana en el portal.
Sustituid la fruta por un bocadillo de embutido y la sangría por una cerveza y veréis como la historia os empieza a resultar vagamente familiar, al menos a los que como yo sufrís los efectos de este turno.




No lo sufro ahora ni lo he sufrido nunca, lo cual no es óbice para que me solidarice contigo. Creo que Kovalam podrá entenderte mucho mejor... Bueno, igual no, porque a ella el turno de noche le gusta, y el que odia, por ejemplo, es el de las mañanas.
Menos mal que el del dibujo no se parece en nada a ti :-)
No es que odie trabajar de mañana, lo que no soporto es tener siempre el mismo turno. Solo pensar en un "de 8 a 3, de lunes viernes" me salen ronchas y me ataca el asma.
Alguna mañanita está bien y permiten cines y gimnasios. Trabajar la tarde tiene el no madrugar, los desayunos con las amigas, ver la ciudad limpita y recién plachada... y poder resolver los asuntos "oficiales". Las noches son disponer de 38 horas entre salir de un turno y entrar en el siguiente, es tener tiempo para todo, es comer con los tuyos y sin prisas, es... un cúmulo de ventajas.
Pero claro, todo eso es porque yo sin dormir aguanto como un reloj, es algo genético, mi padre toda su vida trabajó a turnos también.
Eso si, estoy rodeada por sufridos vampiros que no ven el momento de dejar las noches para siempre.
Un saludo "vampiro"
Yo he trabajado durante años en el turno de noche. A veces era sólo hasta las tres, cuatro o cinco de la mañana, otras toda la noche. Es maravilloso trabajar cuando los demás duermen. Las calles están vacías y cuando se empiezan a llenar uno se va a dormir. Las noches te hacen pensar (si el trabajo te lo permite), aprendes a estar contigo mismo. Lo malo es cuando no te acostumbras a dormir de día pero si lo logras yo diría que es mejor que trabajar de día. Saludos. Romek.
Pues creo que no aguantaría un turno de noche. Supongo que es acostumbrarse y adecuar la vida a las eventualidades, pero yo, soy como las gallinas, a las diez en la camita y a las 5 de la mañana en pie.
¡A mi edad creo que ya no cambiaré!!!!
Un beso
Querida Dolors, cuanto placer produce volver a verte por aquí.