Sabemos por oídas épicas narradas de forma maternal, pecando de incautos al haberlo preguntado alguna vez, cual fue la primera palabra que pronunciamos de forma comprensible, pero nada está escrito ni dicho sobre cual surgió en segundo lugar, que relegada y eclipsada por el “papá” o “mamá” al más puro estilo cacatúa, pudo ser el estreno en sociedad de la conexión racional entre nuestra torpeza y el entorno inexplorado.

Sé que es imposible dar contestación a la pregunta, por lo que descartando malgastar siquiera un segundo en la reflexión o ejercicio auto-hipnótico para despejar la incógnita, me pregunté:

¿Cuál ha sido el concepto que me ha acompañado durante toda la vida y siendo aplicable al resto de los mortales, lo eleva a la categoría de imprescindible en nuestro vocabulario?

Y pensando, he llegado a la conclusión de que el término es: ELECCIÓN

 

Poco me importó en un principio si llevaba acento o se escribía con una o dos “C”, aunque tuve claro que prefería chupar del biberón que de la fuente viva de los pechos de una mujer, no sé si por respeto o por el apunte hacia mi afición por los productos manufacturados. Años después descubrí, para mi tranquilidad, que el conflicto era solo con los pezones de mi madre y que adonde va a parar la tetina siliconada que alimenta el cuerpo de unos, con la textura natural que infunda regocijo y ánimo en el alma de los mismos, años después.

Las primeras decisiones son de trascendente gusto por Potitos de carne, que preferidos a los de pescados o frutas, mostramos con arcada protesta por vocabulario limitado, aunque siempre cayera en el saco roto de la dictadura progenitora.

- En el colegio nunca elegimos, aunque  reconfortaba que nos eligieran.

- Los amigos no nos les impusieron, les elegimos.

- Esto son lentejas, si no las comes, las dejas. ¡Tú eliges!

- O te pones ésto, o vas desnudo.

- Aunque no nos dejan votar hasta los dieciocho años, nos permiten elegir la pareja del resto de nuestras vidas, que es la elección por excelencia (en este caso conseguí un pleno al quince) y que marca la senda de triunfos o fracasos.

- Y últimamente cenamos eligiendo durante el intermedio del Hormiguero, si nos decantamos por un culo o un codo.

 

Nos pasamos la vida seleccionando, huyendo y quejándonos de las tesituras planteadas pero, irónicamente, cuando no se nos permite decidir es cuando más nos frustramos.


Soy padre y con la pregunta que lanzó mi hija el otro día cuando se planteaba su futuro profesional, corrí raudo y veloz a coger el testigo como el perro que juega tras la piedra lanzada, pronunciando un rotundo “Estudiarás medicina”. Una vez más caí en la trampa del progresismo inmisericorde que tanta gracia hace a mi mujer.

Las ganas que todos los progenitores tenemos de que nuestra descendencia o tutelados triunfen en la vida, hace que olvidemos que hay algo peor que tomar decisiones:  que decidan por ti.

 

Me gustaría escribir largo y tendido en las entradas del blog, pero una vez más debo elegir entre el deseo, o mi propósito de no hacer caer en el tedio al lector que interese de reflexiones mundanas que a lo loco afloran sentado frente al monitor.

 

Feliz día.