Feliz cumpleaños mi desconocido lector que esbozas una sonrisa como pago al acierto.

Nada tienen que ver las dotes adivinatorias y mucho la probabilidad en la sorpresa que te has encontrado.

Y aunque la felicidad, dice el proverbio, consiste en gozar de buena salud, mucho dinero y mala memoria, no está mal recordar el privilegio que heredado de Cleopatra y haciendo las delicias de Marco Antonio, ha llegado a nuestros días en forma de celebración que aunque menos ostentosa, está igualmente plagada de la satisfacción que merece haber superado otro año de calvario.

Desde la machista Babilonia hasta La Grecia cultivada de todo honor hacia los hombres, largo es el camino recorrido alejado del sendero, que lejos de ser atajo, culminó con la celebración del aniversario de las mujeres y los niños; un privilegio reservado al cabeza de familia que deja hoy en nuestros paladares el regusto de la antigua torta de harina y miel, regada y sofisticada con burbujeantes néctares reservados a mortales luchadores por la igualdad de géneros.

Queriendo imitar sintiéndonos dioses por un día y sacando al pagano que llevamos en el interior, no fue mala idea bendecirnos como la diosa Artemisa con el soplido al modelado astro rey, que de cera vela concedió antes y ahora la primera frustración pedida en deseo y en estreno de una nueva era.

Buscamos la protección frente a los demonios y brujas en los que nadie creemos y desde el burladero del folclore nos protegimos como homenajeados y buscando de paso la buena suerte contra los maleficios tras la llama que tantas veces olvidamos, apresuramos raudos la sustitución por cualquier símbolo que se erija en talismán.

Rememorar las primitivas reuniones en torno al fuego, sucumbiendo a su

encanto y aprovechando la energía emanada, es el tributo que reclaman tantos siglos de perseguidos en la historia.

Ya veis el mensaje que encierra la misteriosa celebración de nuestro cumpleaños. La llamada perfecta de familiares y amigos que con sus cánticos y aplausos protegen y ahuyentan a los malos espíritus que no pueden resistir la asistencia al abrigo de la felicidad.

Recibe un tirón de orejas para que, en intento de imitar a las de los más viejos como signo de longevidad, te colmen de paciencia.

¡ Acuérdate del mío!