Si tuviera que nombrar algo que me ha acompañado desde siempre y que presente en todo acontecimiento, ya fuese bueno o malo, mitigó o amenizó los momentos de tensa espera o de ociosa tranquilidad , sería de injusticia no pensar en un libro.
Ese poder que en mi cartera ansía desde siempre el momento de trasladarme a escenarios históricos, épocas rememoradas y aventuras inimaginables logró y logra abstraerme de la rutina y salas de espera convirtiendo el contratiempo en instantes que, antojándose pequeños, me sirven de disfrute y evasión.
Recordar momentos de la vida es tan inevitable como que Sancho conociera a Don Quijote, por lo que apelando a la parte de locura que en nuestro interior dejaron los caminos y malandanzas de los personajes de novelas de caballería, siempre relaciono con maniática exactitud cada suceso y el libro que caía entre mis manos por aquel entonces.
No sé si es irreflexión de uno solo o formamos legión de lectores a los que nos sucede.
Así transcurre mi vida desde que comencé mis particulares batallas de molino con los Tomminokers, que recuerdo por ser mi primera lectura no impuesta, y a las que se sumaron historias de viajes en el tiempo entre contracción y contracción, un picnic sobre el hielo con un pingüino atravesando una ceguera transitoria, caballeros templarios a la sombra de un patio andaluz o batallas por tierras de Mongolia en noches de insomnio. Cada época cosida y encuadernada en las páginas del tomo de la memoria.
Ahora añado a la colección un libro que recordaré, no por asociación sino, por la esencia en sí mismo. Se titula “El niño con el pijama de rayas” y tardaré tiempo en digerir la forma que el autor tiene de, consciente del poder de la imaginación, utilizar este arma para catalogar y convertir un cuento, por lo llano de sus expresiones, en un desgarrador relato sobre el exterminio nazi.
Sus poco más de doscientas páginas muestran la desconcertada mirada inocente de un niño ante un hecho y escenario tan degradante para la especie humana como fue el holocausto en el campo de concentración de Auschwitz.
No queriendo desvelar ni reventar esta recomendada lectura, aunque con solo leer el primer capítulo no encuentro razón para mantener ningún secreto, solo puedo pensar que mientras los pequeños siguen atrapados en un mundo de mayores y los adultos estamos presos en la rueda de las obligaciones ocupando puestos de responsabilidad por una falsa e inmeritoria trayectoria, hay quienes manejan con psicología los hilos de los que sin saber decir NO, ejecutan órdenes escondiéndose tras el monosílabo.

Fotografía real de unos niños en el campo de concentración de Auschwitz.
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