La señal por excelencia más conocida en nuestra España que en ausencia de programación invitaba al descanso o procreación, un buen día nos dejó huérfanos de imágenes de la familia real y nos privó del tarareo del himno con el instrumental cepillo de dientes en la boca, que en el caso de los más persistentes buscadores de la blancura, permitía seguir el ritmo de la batuta al son de la marcha de clarines que servía de acompañamiento.

Escapando al entendimiento del técnico que llevaban nuestros padres a la espalda en un pluriempleo forzoso en pos de la familia,  poco importaban los vectoscópios, sincronismos, luminancia, retícula, linealidades y cominancia que pulverizaban con el pincho que toda televisión guardaba tras la tapa, a cada giro de muñeca de izquierda a derecha y vuelta a empezar hasta que aparecía la carta de ajuste, único método válido y fiable de conseguir la definición perfecta para los ojos de años ilusionantes, mientras los niños saltábamos en los sillones ante tamaña aparición o protestábamos cuando desaparecía en un último intento por buscar más nitidez.

Que huérfanos nos dejó en la noche sin punto de referencia en el tiempo, cuando con solo decir “… apagué la tele, sonando el himno”, servía para ubicarnos y ser conscientes de la trasnochada que se había pegado el ínclito. 
Ahora, parcos en palabras, al manifestar “…me acosté durante los anuncios..”, dejamos abierta a la imaginación del desinteresado receptor el momento entre las diez de la noche y las dos de la madrugada en que se terminó nuestra paciencia.

Su final fue el momento en el que se apostó por el relleno en la madrugada y sepultamos la calidad de los sueños.

“Buenas noches y hasta mañana”

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