La tenue claridad del alba que entraba por el ventanuco unos metros mas arriba rompía la monotonía del muro del calabozo e informaba de lo cerca que estaba la hora de rendir cuentas al todopoderoso.

Entre aquellas paredes de fría piedra en donde la humedad lamía todo intento de esperanza,  no había mas remedio que rendirse al solitario compadecer de la situación.

La oscuridad era el color predominante y ni la propia sombra servía como compañera en el trance. La mayoría de los huéspedes pasaban tanto tiempo en prisión que olvidaban la razón por la que entraron allí.

 

No era raro oír a algún desgraciado proclamar durante la noche su inocencia,  en aprendida letanía, con ausencia de sentimiento, igual que la vieja reza diariamente entre dientes el rosario y mientras tanto espía con el rabillo del ojo esperando que el confesionario quede vacío.

Nadie sabía cuanto tiempo le quedaba para terminar de una u otra forma sintiendo de nuevo el calor del sol sobre el cuerpo con vida o ya cadáver.

Los que participaron en las revueltas contra el ejército francés no tendrían tiempo de convertirse en parte del funesto decorado.

Si todo seguía el tradicional guión de la ejecución, el cura no tardaría en entrar por la puerta.

No hubo tiempo para ni siquiera una ultima voluntad que se materializaba, salvo en raras ocasiones, en una cena que con la sola copa de avinagrado vino que acompañaba al mismo mendrugo de pan duro, hacía las delicias del más exquisito de los paladares.

El teniente Bernardo Jaramillo servía en el parque de artillería de Monteleón a las órdenes del capitán Daoiz.

El día dos de mayo, él,  y algunos de los compañeros que estaban destinados en la capital, desobedeciendo las órdenes de sus superiores y motivados por un sentimiento patrio trataron de hacer frente a las tropas francesas que desde hacía mas de un mes tomaban el control de las calles.

El invasor estaba de paso. Se dirigían hacia Portugal para seguir alimentando con este país el egocentrismo del emperador Bonaparte tras su sonada derrota contra los Ingleses.

La verdadera razón era que España entraba también en el lote de la futura conquista. Muchos de los militares de la capital se dieron cuenta de la jugada, máxime, conociendo las dotes militares  y la reputación de extraordinario estratega con la que contaba el dirigente francés. Ahora, por ello, se enfrentaba a un pelotón de fusilamiento.

Con una nostálgica sonrisa recordaba lo acontecido sin arrepentirse de sus actos. ¿Cómo podía renegar de sus amigos que tan valientemente habían defendido sus ideas? Muchos estarían muertos y los que tuvieron la desgracia de ser heridos, estarían agonizando entre terribles dolores padeciendo o esperando que la infección producida por las bayonetas se abriera paso en los lastimados cuerpos.

- Bernardo, no podemos quedarnos de brazos cruzados. El pueblo se ha concentrado desde primera hora de la mañana ante el Palacio Real.

Han empezado a gritar ¡Qué nos lo llevan!,  cuando los franceses han intentado sacar al infante Francisco de Paula. Solo piensan en asaltar el edificio y los franceses saben que si no toman medidas drásticas, lo conseguirán.

Me han avisado de que el general Murat ha ordenado movilizar dos piezas de artillería y que no dudará en hacer uso de la fuerza con tal de no fallar a su cuñado el emperador.

 

 

De todos era sabido que Napoleón acostumbraba a gratificar a los que desempeñaban su función de manera fiel y llevaban a cabo con éxito las campañas que tan pulcramente preparaba en Paris junto a sus asesores militares.

Quién sabe si habiéndose casado con su hermana, incluso, le podría nombrar rey de alguno de los territorios ocupados –pensaba el general-

- Nos han ordenado no movernos del cuartel -replico Bernardo-.

Los soldados franceses que están aquí nos vigilan. Tienen permiso para abrir fuego al menor indicio de revuelta –argumentaba el teniente-

Ya sabes como es la gente. Serán intimidados como en tantas ocasiones y no dudarán en volver a sus casas cuando la cosa se ponga fea.

El argumento escogido parecía no estar surtiendo efecto.

- Es una locura,  ¿con qué apoyos contamos?

Ni siquiera has podido hablar con los comandantes de los demás batallones.   Todos nuestros amigos han sido trasladados a puestos en el cojón del mundo desde que contaste tus planes de independencia al Ministro de la guerra.

Era  obvio que los franceses fueron advertidos de las posibles revueltas a las que tendrían que enfrentarse cuando el populacho se percatara de la situación.

 

-     Olvida las ideas románticas del compañerismo y del codo con codo. Ya no estamos en la academia.

A la mente de Pedro volvía el recuerdo del profesor Valbuena....."contad solo con vosotros mismos. El viejo arte de la guerra esta plagado de actos  de traición y de cobardes que no dudarían en vender a su putísima madre con tal de salvar la vida en el momento de enfrentarse a la bala".

Se conocían desde jóvenes. Los dos fueron cadetes en La Academia de Artillería de Segovia y juntos sirvieron en la campaña de Portugal.

Pedro era un alumno aventajado en el oficio de artillero  y en más de una ocasión pasó tardes enteras intentando explicar a su amigo como calcular la trayectoria de los proyectiles.

-  Escúchame, reflexiona. Puede que estés equivocado.

El capitán Pedro Velarde desempeñaba  desde hacía un par de años el cargo de secretario de la Junta Superior Económica del Cuerpo de Artillería,  por lo que la información con la que contaba era, casi siempre, verdadera.

Entre los oficiales todavía existía un código de honor del que se sentían orgullosos.

- Lo he hablado con el capitán Daoiz y estamos de acuerdo. Es preciso batirnos; es preciso morir si fuese menester. Vamos a plantar cara a los franceses.

-    Comprendo que intentes hacerme ver que todo es una locura, pero te  necesitamos.  Conoces bien este sitio. Llevas  aquí más de dos años.

Los hombres te seguirán. Tenemos que dar armas a los ciudadanos. ¡No podemos fallarles¡

¡España nos necesita, todos nos necesitamos en este momento ¡

 

Se oyeron gritos en el puesto de guardia.

 

-   ¡A mí los defensores de España¡ Cerrad las puertas –gritaba el capitán Daoiz-

 

Si había alguna opción de convencer a los dos oficiales para que templasen los ánimos, se había esfumado por completo.

Era el momento de decantarse por uno de los bandos y la elección estaba clara. Jaramillo recordó las palabras que en más de una ocasión pronunciaba su padre: “ No se puede servir al mismo tiempo a Dios y al diablo”.

 

- Bajemos por aquí e intentemos sorprender a los observadores  por la retaguardia. Si nos damos prisa podremos detener al correo que manden para dar la voz de alarma. Ganaremos poco tiempo,  pero nos vendrá bien en la preparación de la defensa.

Era demasiado tarde; en menos de una hora los ocupantes estarían frente a la dependencia.

- Luis, ¿qué ha pasado?

- El general Murat ha abierto fuego contra la muchedumbre que se albergaba ante el Palacio; No ha dudado en usar los cañones.  Ha sido una carnicería. Cientos de cadáveres se amontonan en la plaza. Hay mujeres y niños y ante esta visión el pueblo se ha levantado en armas.

 

Parte de la muchedumbre, formada por la clase mas baja de Madrid, subía hasta la Puerta del Sol armada con sables, trabucos, navajas y cuchillos, en busca de cualquier francés con el que descargar la ira.

Se formaron partidas de barrio encabezadas por caudillos improvisados. Uno de estos grupos era dirigido por Beatriz Gómez, la hija del zapatero del rey. Tenía un fuerte carácter que en más de una ocasión le llevo ante su padre para recibir una reprimenda y hacerle saber que nunca encontraría un marido si no mostraba un mínimo de sumisión y respeto hacia los hombres. Era inconfundible su larga melena rizada e inquietante la desafiante mirada que mostraba ante las situaciones difíciles.

Le seguían otras mujeres que haciendo gala de un derroche de valor, no dudaron en luchar para defender la libertad de sus hogares portando como armas desde rodillos de amasar hasta agujas para coser.

 

-    Vosotros dirigíos hacia las puertas de la ciudad. Habréis de impedir que las   tropas entren en Madrid - ordenaba el cura de una parroquia -

 

Tardío intento, ya que los treinta mil hombres del ejército de Murat ya estaban en la ciudad y se dirigían hacia el centro acuchillando y degollando  a cuantos se ponían a mano de sable.

La lucha era desigual. El hombre de a pie representado por el peón, el hortelano y el ama de casa,  contra los Mamelucos y lanceros imperiales que estaban perfectamente entrenados para matar y que en formación, la batalla no representaba sino un paseo victorioso.

Las tropas francesas, ante la pasividad mostrada por la mayor parte de los militares de Madrid que se quedaron en sus cuarteles, avanzaban aniquilando a los sublevados que se dirigían hacia la plaza por las calles de Montera y San Bernardo al grito de ¡ Muerte a los franceses ¡ y reclamando a su rey y a su familia.

 

Entretanto en el cuartel de artillería los amotinados soldados españoles capitaneados por Daoiz ,conseguían consolidar sus posiciones y hacerse con el control del edificio.

- Vienen por la calle de Fuencarral - gritaron los vigías-

 

Ya no había marcha atrás.

 

-   Preparen las armas y carguen los cañones - gritó Daoiz-

-   Busquen toda la munición y armas y  pónganlas frente a la puerta Norte.

-   Caballeros, en breve, aquí y ahora, se van ha desatar todos los infiernos y  esperemos que los nuevos inquilinos sean solo los franceses.

- ¡A mi orden!

- Esperen hasta tenerles a tiro. No podemos permitirnos malgastar ni un solo plomo.

- Carguen.

Llegado este momento la tensión era máxima. Cada individuo fijó en su mirilla un blanco sin saber a ciencia cierta cuantos habrían elegido al mismo o si alguno quedó sin pareja para el baile.

 

-   ¡ Fuego ¡

 

 

Cuando el humo de la primera carga de las baterías se disipó, observaron las numerosas bajas que habían ocasionado en las filas de los extranjeros.

 

- Los gabachos huyen - gritaron entre vítores las tropas-

- No abandonéis los puestos. Volverán voceaban los sargentos más veteranos-

-   Colocad los cañones orientados hacia las calles adyacentes.

No tardaran, reorganizarse -ordenó Luis Daoiz-

Desde una de los puestos de vigilancia  Bernardo Jaramillo divisó a las tropas del general Lefranc. Estaban perdidos, la represalia sería brutal. Los soldados de los demás cuarteles habían sucumbido a las órdenes de sus superiores.

Estaban solos y sería difícil salvar la vida en semejante inferioridad de efectivos.

El flanco de la derecha quedó aniquilado al recibir el impacto directo de los cañones galos.

El ataque en formación de cuña fue letal.

Mataban a los hombres que con alguno de sus miembros mutilados gritaban de dolor ante la horrenda visión de sus cuerpos desmembrados.

 

- Señores,  desenvainen los sables.

- Es justo para cualquiera de nosotros morir escuchando a la conciencia.

- Quién todavía quiera vivir que abandone ahora mismo y que oculte su deshonra llevándose, al menos, a algún herido.

- Madrid es de los españoles y aunque no lleguemos a verlo,  este día marcará el comienzo de nuestra independencia.

- Napoleón podrá ser emperador del mundo, pero este país no pertenecerá a sus dominios.

- ¡ No con nosotros vivos ¡

- ¡ A la carga ¡

 

Pasadas apenas tres horas, el edificio era tomado por las tropas francesas.

Entraron con la bayoneta calada y pasaron a cuchillo a todo aquel que encontraron blandiendo un arma.

El capitán Velarde yacía muerto de un balazo.

Antes pudo ver como su amigo el capitán Daoiz tras llevarse por delante a más de veinte franceses, moría por las heridas de las bayonetas que se repartían por todo el cuerpo.

El teniente Jaramillo junto a los soldados que no murieron en el enfrentamiento, fueron hechos prisioneros y serían fusilados sin contemplación ni juicio alguno.

Murat era el dueño de España. Controlaba la administración y al ejercito.

Aplicaba castigos firmando decretos para sentenciar a muerte a todos aquellos que se oponían a sus planes.

Un carcelero de la prisión relataba a sus compañeros lo que publicaba La Gaceta de Madrid;  un escrito militar en el que se detallaban las consecuencias para todo el que había participado en la revuelta contra sus tropas.

Soldados: mal aconsejado el populacho de Madrid, se ha levantado y ha cometido asesinatos.

La sangre francesa vertida clama venganza. Por lo tanto, mando lo siguiente:

Serán arcabuceados todos cuantos durante la rebelión han sido presos con armas.

Todos los moradores de la corte, que anden con armas, o las conserven en su casa sin licencia especial, serán arcabuceados.

Dado en nuestro cuartel general de Madrid, a 2 mayo de 1808.

 

 

 

Las reuniones fueron prohibidas. El lobo con piel de cordero había perdido el disfraz que ya no necesitaba.

Dos cuestiones quedaron claras:

La primera, que la clase más pudiente apoyó a los franceses y una vez mas prefirió seguir disfrutando de sus privilegios que arriesgarse a cambios que podrían no convenir a sus intereses y la segunda y más importante, que el baño de sangre ocasionado con los ciudadanos de Madrid supuso el pistoletazo de salida para el comienzo de la lucha en todo el territorio contra el invasor francés.

-    Bernardo Jaramillo, se le acusa como al resto de sus compañeros del asesinato  de los   soldados del Emperador Napoleón Bonaparte.

-    Todo aquel que infringe un daño hacia cualquier miembro de su ejército es  como si se lo hiciera a su propia persona.

-    Igualmente se le acusa de haber sido cabecilla y miembro activo de la  revuelta producida en el Cuartel de Monteleón - gritaba el oficial-

- Por todos estos hechos se le ha condenado a muerte.

La voz del orador sonaba firme y cargada de orgullo.

-    Que Dios se apiade de sus almas.

-    ¡ Soldados,  en formación ¡

Había llegado el final. A todos les hubiese gustado ver a esos bastardos huir de España.

Al menos tendrían una muerte digna a su condición  de luchadores.

- ¡ Carguen ¡

Muchas mujeres que presenciaban la escena bajaron la cabeza. Los adultos tapaban los ojos de algunos de los niños que, atónitos, lloraban desconsolados.

-    ¡ Apunten ¡

Aunque el cielo no amenazaba tormenta, un extraño y repentino relámpago de color verde cruzó sobre Madrid.  Se vio durante una fracción de segundo, pero no dejó de ser llamativo para los allí presentes.

El cuerpo del teniente se mostraba convulso y en el justo momento en que se empezaba a oír la ultima y fatídica orden comenzó su descenso hacia el suelo.

-    ¡ Fuego ¡

El pueblo de Madrid ha ganado la batalla  -fueron sus últimas palabras-

 

Esta escultura. Medalla de Primera Clase en la Exposición Nacional de Bellas Artes, es obra de Aniceto Marinas. Fue erigida en mayo de 1908 durante las conmemoraciones del primer centenario del Dos de Mayo.

Un hombre y una mujer yacen bajo el cañón, que, servido por un artillero y un niño, sirve de base a una victoria alada que nace y escapa con la bandera…, para volver.

Está situada en los jardines de la calle Ferraz, frente a la iglesia de los Carmelitas. La dedicatoria, “Al Pueblo del Dos de Mayo de 1808″ nos recuerda la polémica que se suscitó, nada más terminada la Guerra de la Independencia, sobre el protagonismo del pueblo y la pasividad del ejército como institución durante aquéllos días. Esta escultura, con la dedicatoria al Pueblo y un oficial de Artillería como personaje principal tampoco es inexacta, pues prácticamente todos los militares que lucharon lo hicieron por iniciativa personal e incumpliendo las órdenes directas.

 

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