Decimos de las rarezas de los niños pequeños, pero ahí son nada las rabietas de los abuelos que, amparados en el merecido respeto que les debemos, hacen perder la paciencia de todo mortal incluyendo a los pobres trabajadores de cualquier panadería/bollería reencarnados –que no poseídos- por el Santo Job.

Empiezo a pensar que nuestros adorables mayores, siendo más puñeteros de lo que parecen, lo único que pretenden es tocar las pelotas a la hora de comprar una barra de pan.¿Cómo puede ser qué siempre erremos a la hora de escoger su pan de cada día? Yo siempre le achaco la culpa de todo a Murphy y su insoportable ley –más por cierta que por otra cosa- con la que siempre se termina demostrando que al meter la mano en un saco repleto de chochos sacaremos una polla, o viceversa.

Hoy he ido a comprar el pan y no me ha extrañado en absoluto el numerito de la ancianita que busca a la vez una barra más blanca, menos cruda, crujiente al tacto, poco dorada por arriba y con poca corteza pero sin demasiada miga, que por todos es sabido que luego se disparan los valores en los análisis de sangre y a ciertas edades hay que cuidarse. El colmo de los colmos ha sido cuando la buena señora buscaba, además de lo anterior, “La Chapata” que no estuviera aplastada.

Venga manoseos, vueltas e inconformismo por las barras, la levadura del ambiente hizo subir la mala leche a los presentes que cansados del magreo y protestando pidiendo al unísono el fin de tanta tontería, portaba nuestra paciencia encabezando la manifestación una gran pancarta en la que estaba escrito:

POR EL FIN DEL ABUSO DE LA TERCERA EDAD, ENVOLTORIO PARA EL PAN COMO EL DE LOS CROMOS

Si nos hacía ilusión de pequeños abrir y revisar con impaciencia cuántos teníamos repetidos y cuántos tacharíamos de la lista que guardábamos en los bolsillos del pantalón, ¿os podéis imaginar la ilusión reflejada en los rostros de los viejecitos cuando vean que les tocó en suerte “su barra de colección”?

 

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