Pensamos que soñar es gratuito. Nos dimos cuenta del engañoso dormir que limita el tiempo vivido, por lo que las divinidades enviaron a las hacedoras de fantasías para sofocar la rebelión. Maldecimos el momento de vigilia que aparece en mitad de un sueño agradable e imposible de recuperarlo,  cerramos los ojos apretando los párpados. Vano intento a sabiendas de que escapó para siempre en el laberinto del subconsciente.

Conocí a mi amo cuanto él tenía nueve años. Huyó del conformismo y atrapó al duende que escapaba con su ensueño bajo el brazo. Por ser hijo de rey pudo salvarme de una muerte segura. Rodeado de leyenda, se dice que en el vientre de su madre sufrió el impacto demoledor de un rayo, levantándose la reina tras unos segundos como si nada hubiera ocurrido. La aureola de su epopeya empezó a inscribirse.

Luchamos juntos en infinidad de campañas a lo largo del mundo.

Fuimos heridos lejos de casa y cuidados sin las atenciones de un ser querido. Cincelados por las manos de la muerte, los interminables días de marcha junto al joven que soñó poseer el mundo hacía que nuestros pensamientos se intercambiaran cimentándose con el mortero del polvo de caminos y sudores de guerreros.

Mientras me preguntaba hasta donde perseguiría Alejandro su dormido idilio, una cosa teníamos clara:

“No hay conquista que tenga sentido, no hay guerra que valga la pena librar. Al final, la única tierra que nos queda es aquella en la que seremos sepultados”.

Pero yo le seguía;  desde los altos oficiales al soldado de más raso rango le seguíamos. La primera disputa con el soberano fue por defenderme y le acompañaría hasta los infiernos. Él era así, imperturbable en situaciones difíciles del campo de batalla y comprensivo en los momentos de bajeza moral con amigos y enemigos. Desde pequeño estuvo rodeado de niños especialmente seleccionados en rigor a su inteligencia y linaje que se convirtieron en capitanes de sus ejércitos y nunca le abandonaron.

“ - ...estoy pensando que el primer día será muy hermoso. Volveré a ver a mi mujer y a mis hijos, a alguno de los amigos, la casa. Compraré ropas nuevas y comida en abundancia, pero es el día siguiente el que me espanta. ¿Me comprendes?

Te comprendo, capitán. El día siguiente espanta a todo el mundo. También a mí. Por eso no puedo detenerme...nunca. He de correr para alcanzarlo, y sobrepasarlo.”

El rey Filipo buscó por toda Grecia a los mejores eruditos que inculcaran la esencia del saber. Aristóteles fue su maestro y terminó sucumbiendo al hipnotismo del alumno convirtiéndose en amigo, repartiendo consejos y opiniones de igual a igual que no caían en el saco roto del poder. Cuenta la historia que mientras Alejandro se encontraba preparando la expedición contra Persia, el filósofo le transmitió que tan solo tenía 20 años, poca experiencia y limitada madurez para tan arriesgada empresa. Alejandro, sin perder la sonrisa ni la mirada de sincera amistad que le caracterizaba,  le contestó:

“Seguramente si espero unos años tendré esa madurez de la me hablas, pero entre tanto perderé la fuerza de mi juventud”.

Instruido desde pequeño por los falangistas macedonios que su padre utilizaba con eficacia en las guerras libradas,  siempre destacó por su ímpetu, valentía y dominio de las artes militares.  Aplicando a la perfección sus conocimientos en teoría política plasmados con matrimonios acordados en territorios conquistados, su corazón nunca olvidó a su amor verdadero. La lucha entre conquistador y sentimientos le acompañó durante toda la vida.

“Alejandro, que se había quedado, hasta aquel momento aparte, se acercó al cuerpo de Barsine. Embalsamado y perfumado, conservaba intactas sus facciones, y los ojos, muellemente cerrados, ofrecían la impresión de que estaba soñando. La habían vestido con un traje blanco y una corona de florecillas amarillas del desierto. Alejandro, solo delante de ella, se vio asaltado por las imágenes de sus recuerdos. Volvía a ver su sonrisa y sus lágrimas, sentía cálidas aun en el cuerpo sus caricias y sus besos, y le parecía imposible que todo hubiera terminado, que aquel cuerpo tan hermoso, ya sin aliento de la vida, estuviera ahora destinado a la destrucción.”

Mi nombre es Bucéfalo. Me ofrecieron a Filipo por una alta suma de dinero.

Soberano y caballeros intentaron montarme sin resultados. Alejandro me observaba e insistió a su padre que me comprara, quien harto de la soberbia mostrada por el príncipe le espetó que si él era capaz de domarme, no dudaría en la adquisición.  Fue la primera vez que reparé en sus ojos grises, en su capacidad de observación, en sus dotes de estratega.

Solo él comprendió la razón por la que recelaba con nerviosismo. Únicamente “El Magno” reparó en el miedo a mi propia sombra. Asió mis crines y me dirigió la cabeza hacia el sol. Perplejo e inmovilizado por la maniobra, jamás otra persona que no fuera él, montó a mis lomos.

Seguimos juntos, cabalgando por la eternidad, su sueño sobre la sombra de mis miedos.

“ Es hora de cerrar los ojos también para nosotros, que hemos vivido un tiempo demasiado largo, y cuando nos despertemos estaremos de nuevo todos juntos, todos jóvenes y apuestos como otrora, para volver a partir contigo, para cabalgar a tu lado hacia la última aventura. Y esta vez, para siempre.”

 


Entrecomillados sacados de la lectura de la trilogía “Alexandros” de Valerio Massimo Manfredi.

 

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