Imitando a Bill Murray, y al igual que él, inmerso en la que creíamos literatura fantástica llevada a las pantallas, en tanto el actor vivía y revivía sus idílicas paramnesias en las que atrapado por el tiempo en el pueblo de Punxsutawney y sonando en el despertador puntual cada amanecer el I Got You Babe, intentaba cada inusual jornada conquistar a la estupenda cincuentona Andie MacDowell, yo, impotente ante las circunstancias, prestaba poder de decisión a la relajada marmota sobre las de antemano planificadas en tradición actividades de un día ocioso en la costa castellonense.
Periodista e imitador tendríamos que haber madurado la primera tentación de terminar con el peludo animal que tan alegremente vaticina y juega con el tiempo, o acabar con el todo menos simpático viejecito del espantoso sombrerito que con mucha idea se cuidó un sobresueldo en la jubilación, traduciendo sonidos escuchados en cómica atención a un mamífero dentón.
Afrontando mi séptimo despertar y con más resignación que paciencia, sentado a la sombra bajo la palmera de colores azul, rojo, amarillo y naranja, salpicada con graciosos dibujos de Mortadelo y seguro de no recibir impacto de coco que pesando me despertara del soporífero divertimento, observaba la sofocante incultura del bronceado por la que se mide el grado de satisfacción durante el periodo vacacional en función del tono que de blancos a cafés pasando por el del cangrejo cocido, se divisan por doquier.
Nada mas importa y las visitas a pueblos, castillos o museos son sacrificadas por interminables horas en el tostadero, que empezando en la mañana se suceden interesadas e igual de posesivas hasta que la jugarreta del astro rey, obliga en rubicunda retirada a la búsqueda de la hidratación pro-vida hasta una nueva desecación y desazón.
El "...que moreno estás..." a modo de saludo al recién llegado de la playa, es argumento concluyente de los miles de observadores que testigos del paso del tiempo, segundo tras sofoco, sacrificamos y destrozamos las espaldas por olvido de tumbonas, cayendo de nuevo en la trampa de otros años.
La revancha es el disfrute que provocan las caras de los nuevos orgullosos churrascados y tiñosos de piel que regresaron hace semanas y, que al juntarse, se lanzan dardos envidiosamente envenenados con un "...pues no se te nota tanto...".
Lastima no tuviese el día veinte horas de sol que nos permitiera degustar de tan mala leche frita de los unos y los otros que fijan a un año vista redoblar sus esfuerzos para resarcir agravio tan doloroso y cargado de ampollas.
Pírrico balance, en lo cultural, de la semana de vacaciones agotada tan despacio como esperada en el transcurso del tiempo, únicamente salvadas por el disfrute de la convivencia en familia en la que orgullosamente incluyo a mi suegra y que tristemente engordan, por lo rutinario, la estadística del “… hay que ver como se nos pasa la vida”.
Un golpe de calor nubla mis sentidos.
Miro al cielo y veo una gaviota que jocosa y en vuelo rasante porta un cartel que dice:
"Las autoridades sanitarias recuerdan los peligros de tomar el sol sin moderación."
Como Sísifo, y mientras sigue empujando la piedra en un bucle por mandato divino, castigadas pieles alimentan irresponsabilidades, debilidades y desafíos a enfermedades anunciadas, engañándonos con que una vez al año no hace daño...




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