Somos seres dominados por altibajos a los que afecta el estado de ánimo del momento. La duración es impredecible pudiendo perdurar la lucidez o la tontería días, semanas, e incluso meses y años. Prueba de lo que digo son las asumidas como inevitables “edad del pavo”, “crisis de los cuarenta” o escarceos y rarezas de vejez. ¡Qué le vamos a hacer!, lo ideal sería la calma aunque es precio de momentos apacibles el pago con iguales de tormentas y tempestades interiores. Llegar a dominar la situación es el misterio en la forja de la personalidad que con tiempo de por medio, paciencia y una pizca de revolución, desemboca en la evolución del ser.

Cuando te encuentras a gente después de muchos años, esperas ver algo nuevo. Al toparte con los mismos pensadores de barra, bebedores por beber, enfermizos de grupillos, tocadoras de melenas compulsivas, irritantes zapatillas blancas, raídos vaqueros de marca desteñidos y cocodrilos en el pecho, Platón y Aristóteles vuelven a luchar con ideas enfrentadas profiriendo un “...sufre mamón...” al atacar o defender teorías del devenir. ¿Qué se espera que preguntes en semejante ocasión, si de antemano sabes la respuesta desde hace tres décadas? Habiéndose quedado anclados ellos o yo, el mutis por el foro fue inevitable y, como se demostró tan solo un segundo después, prudente al salvar el comienzo de una velada que se me antojó inolvidable.

Resultó más enriquecedor y sensato rodearme de desconocidos de juventud que de nostálgicos de bodeguilla -cosa que entenderán perfectamente los alcalaínos cuarentones-. El concierto de “Los Secretos” fue una deliciosa circunstancia de recordar, aliviar lastre soltando alguna que otra lagrimilla, cantar y dejarse llevar por emociones prehistóricas que, durante dos horas, nos hicieron olvidar las arrugas, los niños, el trabajo, el esfuerzo en el empeño por tapar con paciencia rodajas de mortadela en coronillas morenas y, lo más duro, que han pasado treinta años desde que contribuimos a mitificar la movida madrileña por los siglos de los siglos. La conjura de carrozas abrió los brazos y me recibió con el sugerente susurro de melodías inconscientes que me delataban con un torpe tararear de silabas, hasta convertirse en frases y estrofas animosas escritas en perdidas carpetas de instituto. La madera de jóvenes con la que fuimos tallados todavía aguanta con el valor y esplendor de las barricas que contienen la esencia del buen vino.

El viernes por la noche fue la confirmación de que mi teoría poco o nada se ajusta a la realidad. La incógnita de la existencia en mi ecuación sobre el progreso ha arrojado como única verdad que hacen falta algo más que años para el desarrollo.

Las ganas de hacerlo será el punto de partida en mi nueva formulación.