Todos los días, mientras me cambio en el vestuario, escucho a un compañero decir: “espero que pase pronto la jornada”. Se ha convertido en la oración antes de comenzar el turno a la que respondemos con unas risas a modo de amen. El comentario sobre el sueño, el mal dormir o los proyectos y obligaciones al terminar la labor son obligados, compartidos y superados por el vecino que, no sabiendo como se las apaña, siempre lo pasa peor que yo. Encontrar el equilibrio saludable de dividir las jornadas en tercios es complicado y la adición o sustracción entre ellos tienen las fatales consecuencias que sufrimos en nuestras carnes.
Pretendemos pasar el treinta y tres por ciento de nuestra vida dormidos. Mejor dicho y recordando a Camilo José Cela, pretendemos destinar un tercio de la existencia a estar durmiendo. Como él dijo en cierta ocasión “no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo”. Si no descansamos, las continuas miradas a las sonrientes manecillas del reloj conseguirán desquiciarnos ante rectas interminables de minutos asfaltados en mitad del desierto en los que se refleja el sol. Si soñamos demasiado, perseguiremos el tiempo que nos llevará la ventaja irreductible del segundo inalcanzable y habremos sacrificado la vigilia ansiada por el moribundo.
Pretendemos transitar por otro treinta y tres por ciento de nuestra vida lo más rápidamente posible, el del porcentaje destinado al trabajo. No nos importaría llegar el lunes por la mañana y que en un abrir y cerrar de ojos fuese viernes por la tarde. La desgana y la obsesión por el fin de semana son la salida sin meta de la pescadilla que se muerde la cola.
Pretendemos que transcurra el treinta y tres por ciento restante en paz y armonía, pero ya se sabe, el ocio es aniquilado por los quehaceres diarios. Arreglar la casa, hacer la compra, ocuparnos de los hijos y cocinar nos llevan a las puertas del primer tercio e incluso lo sobrepasa robando horas al descanso dando por buenas las utopías que inundan la vida.
Intentos, búsqueda, ambición, reclamo, conquista, defínase como se quiera, en definitiva pretensiones en las que nos quedamos a mitad del camino cuando llegados a la encrucijada conseguir no es posible e intentar es la excusa perfecta que nos hace pasar la página del diario del caminante al siguiente día, para empezar escribiendo lo mismo que en las anteriores:
Amanece, ¿qué tercio marcará hoy el matemático rumbo de mi jornada?
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Sin duda, no vendría mal una importante reforma en los horarios de nuestra sociedad. Jornadas más cortas, pero más productivas, que nos permitieran tiempo suficiente para los quehaceres diarios y el tan preciado ocio.
Hoy por hoy, sin embargo, la única forma de disfrutar de la vida es hacerse ermitaño. Y ya ves tú que divertido es eso, viviendo en medio de la nada. Eso sí, sería una vida tranquila como no hay ninguna.
Ahora que lo pienso, lo mismo es una opción a considerar. Un saludo.
El final del artículo me ha traído a la memoria la frase 'amanece, que no es poco'. Tu escrito pone en evidencia que el tiempo nos esclaviza, pero no es el tiempo, sino nosotros mismos, que nos empeñamos en medir, regular, corregir, alterar, pulsar, contabilizar hasta el mínimo gesto de nuestra existencia. A fuerza de controlar absolutamente todo, nos hemos descontrolado y demasiadas veces parecemos unos autómatas. El automatismo es el gran problema de esta sociedad post-moderna.
Saludos