Es hoy a mis treinta y nueve años que, utilizándolo con mis hijos, todavía no comprendo plenamente la frase que oía de pequeño: “Lo hago porque te quiero”.

Considero a los padres sabios, así que voy a arriesgarme a utilizar la licencia a modo de experimento con alguien que no tiene parentesco alguno conmigo. ¿Funcionará?, ¿será un desastre anunciado?, en el caso de un despertar, ¿lo hará la bestia o el hombre?

Mira que andaba tranquilo por la vida, disfrutando de elegidas amistades, apartándome de indeseables pecadores capitales, de entre los que me incluyo, con los objetivos de ni caer en las garras de su tentación ni el de ser partícipe del acto impuro de los santos que teniendo sus almas más cercanas al paraiso, son para el diablo la oportunidad de comerse una ficha y adueñarse de veinte como tanteo.

Siguiendo con el juego del parchís; El ínclito amigo mío, que en esta ocasión cierra su casa impidiendo el paso de los participantes, tiene un nombre falso, tanto o más que las inciertas excusas que, más por patéticas que hipócritas, a la hora de sacar un seis doble necesite de reflexiones como la de hoy para plantearse limpiar de una vez el mojón que como algunos dueños de perros, simplemente es pateado hasta ocultarlo bajo los faldones de un coche. Son curiosas las similitudes que vienen a la cabeza cuando el resorte de la inspiración está ubicado tan cerca de los ¡ fogones!

Le envié un mensaje que decía lo siguiente: “Dijo Alfonso X el Sabio que los cántaros, cuanto más vacíos, más ruido hacen". Querido amigo, deduciendo por tu contestación la falta de autoestima, ausencia de interés y nula intención de profundizar en el análisis de la cita, pongo en tu conocimiento que el rey se refería a la vanidad.