¡Pedazos de garbanzos a la madrileña que me he comido!

Si el arte de lo culinario explicara con un ejemplo la ley de transformación de  energía de la madre tierra, serían como resultado las pequeñas capsulitas que tanto me gustan. De los siete días de la semana, ocho veces comería legumbres contando una cena.

He notado que, de un tiempo a esta parte, no me sientan bien. Sé que no nadaré eternamente en testosterona, que mi tono muscular descenderá al igual que el volumen de eyaculación, que el colesterol malo recalentará mis venas y arterias hasta convertirlas en la camisa de un cable centenario, y que se me caerá el pelo hasta convertir el claro del bosque en un oasis del desierto.

Ahora bien, pasar el resto de la vida huyendo del deseo, del de comer puchero, es una contrariedad que me produce ardor de estómago.