Ser madre soltera es indigno. Diré más: ayudar y dar cobijo a una madre soltera tendría que estar penado con el fuego eterno y pesar como una losa sobre la conciencia. El único camino hacia la salvación de las almas implicadas es arrancar del seno de la madre al recién nacido y darle en adopción para que tenga la dignidad propia transmitida por una familia como Dios manda. La de un padre y una madre.

Este incongruente rebuzno y supina estupidez venidos de boca fanfarrona, no es mío.  No me he vuelto loco ni me he convertido en un extremista radical de la palabra que, sin utilizar bombas, es capaz de herir con la violencia explosiva del que se inmola o planta batalla en nombre de una religión. Son lo que, dentro de unos días, se desmentirá en rueda de prensa tildándolas de intencionada deformación atea e izquierdista de santas reflexiones eclesiásticas, pero que habrán hecho ya un daño irreparable en la sociedad.

El secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal Española,  Juan Antonio Martínez Camino, ha criticado las ayudas a las madres solteras, como el aumento hasta 3.500 euros de la nueva prestación por maternidad para las familias monoparentales.

Durante la rueda de prensa, al término de la CCVI Asamblea Permanente que tiene lugar desde el martes en la Casa de la Iglesia, el portavoz de los obispos ha asegurado que el Estado debe promover la natalidad en un "contexto adecuado", en el que se respeten los derechos del niño "a tener un padre y una madre y donde puedan ser acogidos y educados".

En opinión de Martínez Camino, "hay que ayudar a todos los niños" ya que "todos tienen dignidad y no son responsables de las circunstancias en que han sido engendrados", pero ha mostrado su oposición a que se "promueva" que éstos "vengan al mundo sin un padre y una madre".

A principios de semana me crucé frente al Palacio Arzobispal con una comitiva de religiosos. O mejor dicho,  me topé de bruces con el mismísimo obispo de Alcalá y su séquito de secretarios y colaboradores. Me chocó profundamente la forma en que iban vestidos. He visto mil veces párrocos y sacerdotes con sotana o traje, de un negro sobrio,  pero jamás reparé en que un mismo color, el que representa la sobriedad, seriedad y austeridad, pudiera indicar una jerarquía. Sus vestimentas eran brillantes, de una calidad excepcional, de un oscuro y poderoso entendimiento de la fe inculcado desde la juventud y llevado con orgulloso y particular entendimiento de la doctrina. En el pecho de monseñor Juan Antonio Reig, brillaba una descomunal cruz dorada que resaltaba sobremanera en el tejido de fondo.

Declaraciones como las de Martínez Camino me inducen a pensar que el resplandor de la cruz de Cristo no ciega a los hombres por su sacrificio, sino por brillos oro y caros ropajes que desvirtúan las enseñanzas humildes tan populares del que se mezclaba y  predicaba entre la gente. ¿Cómo?, entendiéndola, comprendiéndola, ayudándola.