Ingenuo de mí. ¿Cómo pude caer en la trampa de Tom Cruise y Paul Newman en su más ridícula versión española?

A falta de billar unos chinos bastaron para que me desplumaran 1,20 euros en concepto de cafés, en los que el toque de amargor lo puse yo.

El que llegue primero a tres se elimina –me dijeron- .

En las dos primeras jugadas el tanteo no me podía ser más favorable. Ganaba por un contundente dos-cero-cero.

Extra de azúcar –dije entre risas-.

En las tres apuestas siguientes el más viejo, Paul, se salvó. Tres-dos-cero. Era el momento de pasar al plan B; muy mal se me tendría que dar para no conseguir un solo punto –calculé-, y en un abrir y cerrar de puños el empate era una realidad. Dos-dos.

Quedábamos Tom y yo, tres monedas cada uno. Debía de jugar con cabeza mi última apuesta.

Cero –gritó-.

Todavía no me puedo explicar cómo teniendo en mis manos una moneda dije como un pardillo: ¡Dos!

Risas, risas y más risas, lo cual no me importó demasiado.

¿Me guardais un secreto?

La razón se impuso a la corazonada. Mi verdadera y primera intención fue decir:  siete.