Ayer falleció alguien que conocía . Bonitas fechas para morir, fue lo primero que pensé sin caer en la cuenta de que, navidades o no, en el ciclo de la vida un día no entiende del honor que conlleva ser señalado como mejor que otro. El invento de la raza humana por entender el paso del tiempo marcándose etapas que vamos finalizando hasta que de repente, sin más, nos quedamos a mitad de camino, nos sirve momentáneamente para calcular e ir asumiendo la probabilidad de no tomar la salida.  Seguimos caminando, empeñados en llegar, pero sobre una cinta transportadora y en sentido contrario al movimiento que aumenta su velocidad a la par que disminuye el de nuestro corazón.  En la meta esperamos los vivos, llorosos aunque resignados, a oscuras, solos, convencidos de que por más que estemos tristes a la mañana siguiente estaremos en el control de firmas, alejándonos. Al no verles llegar, asumimos sin comprender.

La persona de la que os hablo tuvo un mal morir, no más por ser consciente de la enfermedad sobre la que galopaba hacia su destrucción, sino por la agonía y el dolor que Don Antonio Gala definió una vez como “la lucha por morir y no por seguir viviendo”. Los que seguimos participando, marcamos el camino con una nueva cota. No le conocía demasiado, por la casualidad de una boda; eso sí, cuando mire hacia  atrás recordaré que hubo un día en el que vivimos momentos juntos, segmentos superpuestos dentro de la eterna línea de la vida que nos recuerdan el matemático punto y final al que nos enfrentamos.

Descanse en Paz.