Cincuenta personas componían la corte que le servía. Un tercio tenía la misión de satisfacer su apetito: “dos panaderos, dos paneteros, un cocinero con dos ayudantes, un salsero, un sumiller de cava, un salsero, un cervecero y dos toneleros, dos fruteros, un cazador y un proveedor de aves”.

Le gustaba el buen comer y mejor beber, y no lo ocultaba viendo la lista de viandas que “en un buen banquete ha de haber: toda clase de frutas, de productos lácteos, de carnes, pescados, salsas y pasteles, todo en diversas maneras guisado, con mantequilla, vino y vinagre”.

Esta concepción del arte de la abundancia en cualquier mesa navideña es la que se avecina inminentemente, flatulenta, ardorosa, desafiante a estómagos incautos beodos de caldos de la tierra.

Siempre me han gustado estas fiestas y, acostumbrado desde niño a celebraciones familiares repletas de comensales y manjares, los recuerdos son claros en su esencia aunque turbios en su exacta ubicación temporal. Únicamente una nochevieja ha escapado al batiburrillo memorístico de noches de festejo. Importunando más que nunca, doce años tenía cuando la fiebre y el dolor de estómago producido por una gastroenteritis aparecieron en el último día del año 1982. La mezcla de olores salivados de los asados, planchados, cocidos y embutidos no contribuyeron más que a confundir sentidos e intestinos en el colmo de la contrariedad. Para mí representó la máxima expresión del querer y no poder. Hubiera preferido el carbón que el calvario de comer por los ojos sin nada que echarme a la boca entre chupeteos al centollo, chupetones al cordero y cabezas de langostinos, chupadas a la ensaladilla, chupinazos con las famosas angulas picantes de mi abuelo –a día de hoy y conociendo los precios no recuerdo si orinales o clonadas-, chupitos con los dulces e interjecciones mil.

Al rey Carlos V le gustaban las anguilas a pesar de que le sentaban como un tiro, y le encantaban los salazones y la comida cargada de especias. Matisio, su doctor, comentó en una carta que el Emperador, “salvo manifiesto empeoramiento de su salud, no perdona el cordero asado; el buey o la ternera asada, al horno, hervidos o codidos; conejos y capones al horno; liebres, perdices, truchas, pescado fresco, si lo hubiere. Toda clase de repostería, dulces, compotas, mermeladas, barquillos, y en su temporada, los melocotones, que él mismo siembre en su jardín de Yuste”.

Yo lo perdoné todo. Mis padres se impusieron con mayor autoridad que la de cualquier doctor y el arroz blanco, más insípido que nunca, me llenó las tripas dejando a dieta blanda a la suerte en espera de las suculentas sobras que se rematarían en la comida de año nuevo. Sólo pude participar del limón que a diestro y siniestro volaba de un lado para otro. Desde ese día, por si las moscas, en estas fechas tengo la cautela de comerme el arroz a mediodía.