El roce hace el cariño y tantos días juntos han hecho que al amigable 2009, que sucumbe herido de muerte en una lucha perdida de antemano ante otro amenazante tiempo del almanaque, le haya cogido cariño por la ausencia de malos recuerdos al momento del balance. Desde hace años, en casa tenemos la costumbre de colgar un calendario en la cocina, el más grande que nos regalan - este año de la Fundación Abra Cadabra magos solidarios-, en el que apuntamos todos y cada uno de los acontecimientos que se suceden  programados  o surgidos por siempre: cumpleaños, citas, reuniones, cenas, turnos, teléfonos, etc...

Aunque en la pared de la cocina ya luce un gran 2010 con la inquietud e impulsividad propias de la juventud, ahora, mientras escribo, mientras respiro y vivo, lo hago aún bajo el dominio de mi agonizante y protagonista amigo, por lo que me apetece echarle una rápida ojeada a modo de homenaje.

Han sido más los proyectos emprendidos que los olvidados, la salud me ha acompañado, el trabajo me ha sido respetado, el equilibrio impera y los miembros reunidos hace un año en torno a la mesa familiar, serémos hoy los mismos. ¡Qué más se puede pedir!  Las casillas de enero y febrero están plagadas de anotaciones, curiosamente del mismo color, lo que incita a pensar en las voluntariosas fuerzas y ganas con las que comenzamos todo en la vida. Igual que un inicio de curso académico en el que todo huele a nuevo: libros, material y neuronas. Desganados tras un cristal y resguardados de la lluvia se presentan marzo y abril y sus notas como un salpicón de tachaduras de un marisco navideño que se antoja lejano y caduco, y que obliga a mirar más al futuro que a un pasado que produciría un seguro dolor de estómago. De mayo a agosto nada de nada. En la mitad de la carrera anual las pulsaciones se han estabilizado y así se presentan los meses en blanco por el frenesí hormonal y veraniego que se rompen dramaticamente en un explosivo septiembre deprimente, en el que domina un gran e innecesario círculo sobre el día de vuelta al trabajo por si en la playa aflora al petrificado bohemio que no todos llevamos dentro. En el rápido resúmen llegamos a octubre, noviembre y diciembre que representan, en mi caso, una deformación profesional transmitida a mis hijos, ya que son grafismos rotulados torpemente en la verticalidad por una punta negra demasiado gorda los que me torturan con la cruel revelación de que también para ellos ha pasado un año, en el que la personalidad infantil va pasando página a la par que las del calendario.

2009 reposa sobre mi escritorio, gritando con la intensidad de 365 baudios de una explosión de ilusiones, propósitos y acciones que, sin saber cómo, por arte de magia, se enfrían en el frigorífico dentro de una burbujeante botella que en pocas horas dará la bienvenida a mi nuevo compañero. ¿Será querido, odiado, recordado, maldecido...?

Adiós amigo, adiós.