Nadie debería jugar con la ilusión de los niños. Ninguna carroza de la cabalgata de reyes debiera desfilar vacía. La lluvia no debiera ser excusa de ningún deslucido espectáculo ante los más pequeños que esperan con clemencia bajo la inclemencia, no del tiempo, más bien de los gobernantes. Horas de espera, ojos cansados sobre hombros de príncipes, sollozos y pucheros por celosos abrigos de cuidados de adulto, humos tóxicos de imprudentes votantes que ensucian la mayor de la blancuras, dulces de nervios envueltos en sueño que aún así hacen saltar la chispa y los gritos cuando las luces de la escolta policial anuncia a monturas vacías de animales inertes.
El Grinch debiera seguir en su monte, observando la felicidad en los rostros de los aldeanos. Pero la amargura se instauró en el consistorio y volviéndose los concejales tan cascarrabias como el alcalde, en las navidades del 2010, consiguieron acabar con la navidad. Consiguieron aniquilar los aplausos y los ojos chispeantes en siete minutos que fueron los que tardaron en pasar, como una exhalación, las cuatro carrozas del Apocalipsis.
El Grinch nunca debiera haber salido de las pantallas, nunca debiera haber asustado a los niños, nunca debiera haber ostentado el poder, y nunca debiera haber suscitado la pregunta de asombro entre las verdaderas almas y espíritus de la navidad: ¿Papá, mamá, ya está?
Lo que cuento es una crónica, la triste historia de lo sucedido en Alcalá de Henares una fría y lluviosa tarde de magia en la que el mago descubrió su truco. La tarde en que se mutiló la inocencia por recortes presupuestarios.La tarde en que me sigo preguntando: ¿Por qué Baltasar lleva los guantes negros?




Lo que aquí cuentas es incalificable. Estos políticos de baja estopa, otra vez haciendo de las suyas.