Ayer fue un día curioso en el que, excepcionalmente, me pegué un chapuzón en las aguas de la sanidad pública y privada con apenas cuatro horas de diferencia. Pude formular una conclusión igual a muchas otras salidas de reflexiones chorras como esta y que no sirven para nada: ni la una es tan mala como la otra, ni la otra es tan buena como la pintan. Si acaso son más iguales de lo que nos pensamos.

Comencé temprano sumergido en las publicitadas como cristalinas mareas, para terminar ya entrada la noche zambulléndome en las turbulentas y peligrosas aguas de la comparada como pantanoso desastre. Concluido el periplo comprobé que, ya siendo en remansos asépticos o remolinos fangosos, igual de gélidas y húmedas encontré las aguas de ambos lugares.

En la cotizada sanidad privada, que tanto desean algunos y ponen como ejemplo de la atención rápida, tardaron cuatro horas en hacerme una radiografía; el aparato de rayos estaba estropeado, enterándome por un compañero de viaje de la ambulancia que nos paseó entre centros de la aseguradora, que llevaban con el problema más de un mes.

De la sanidad pública qué os voy a contar que no sepáis. De la espera del ambulatorio pasé a la de hospital, mientras una incesante riada de usuarios no hacían más que entrar amenazando con desbordar los márgenes razonables. Igual que en el primer caso, tardaron cuatro horas en hacer una radiografía a mi hija.

Desidia y beneficios, frente a pruebas sin escatimar en gastos; salas de espera equipadas con televisores de plasma, frente a murmullos incesantes y melodías de teléfonos móviles por doquier; risas y trato personalizado, frente al frenesí y la saturación de medios humanos.

Yo, particularmente, en cuestión de salud sigo prefiriendo nadar por las aguas del río de mi pueblo. El de toda la vida.