Decía Carlo Dossi que los locos abren los caminos que más tarde recorren los sabios; personalmente opino que una de las razones para ello es que los del segundo bando, cuerdos unicamente por definición,
nos pasamos al lado de los majaretas al sufrir las consecuencias de sus decisiones.

Mi reciente viaje a Galicia me ha servido, entre muchas otras cosas, para descubrir que toda la confianza depositada en mi idolatrado navegador es la misma que la del pueblo que adoró al becerro de oro y que, a las primeras de cambio perdido y cansado tras vueltas y vueltas, dejó de creer. En ninguno de los casos la culpa fue de un dios, ni siquiera del satélite: chiflados y sensatos tuvimos algo que ver.

Si quereis poner a prueba vuestra fe os recomiendo intentar llegar a un destino siguiendo las indicaciones de un programa informático preinstalado, mientras que operarios de urbanismo y policías se dedican a cambiar sentidos de las calles, pintar rayas continuas tapando discontinuas corduras y prohibiendo el paso desafiando a toda razón;  todo ello bajo la lluvia, la misma ducha gallega que observé desde los grandes ventanales de aquel quinto piso mientras otros conductores, lúcidos en principio, se pasaban al lado de los lunáticos. Con una sonrisa en la boca como respuesta a ademanes robados entre parabrisas y pitadas, olvidé los malos momentos conducidos.

A pesar de todo, Vigo me dió la bienvenida enviando una anónima embajadora capaz de abrir un claro en tan nublada experiencia.