Existe una cara que cuando aparece en nuestras vidas crea esa dependencia nerviosa que obliga a sumar y seguir sin reparar en formas ni consecuencias. Es la cara del dinero, la más nefasta manifestación que obliga a abandonar propósitos y provoca el olvido de las verdaderas intenciones iniciales que, sin detenerme en el análisis, casi siempre resultan puras obligando a dirigir miradas, en este caso las mías, al pasado.

Recientemente he tenido la oportunidad de visitar la famosa casa de Bélmez de la Moraleda en la que, como sabéis, hace casi cuatro décadas aparecieron las inexplicables caras de las que la señora María se acordó hasta en su lecho de muerte. El tiempo con el que La Sierra Mágina me recibió no fue la mejor demostración de la amabilidad derrochada por las gentes de Jaén, o eso fue lo que pensaba inicialmente mientras conducía por aquella tortuosa carretera de curvas, marcada con las rodadas rojizas de los tractores de peonadas que aprovechaban cualquier claro ocasional en el encapotado cielo para salir a terminar de recoger la aceituna. Me dijo un buen amigo de la zona: ...Miguel, ten cuidado con las huellas de barro e intenta esquivarlas para no derrapar y tener un accidente..., y era exactamente lo que hacía mientras pensaba en el lugar de poder al que me dirigía..

Llegado al pueblo, siguiendo las explicaciones de una señora que cargaba bolsas con la compra para el fin de semana, no me fue difícil dar con la vivienda al final de la cuesta. Allí estaba yo, sin esperar turno por la lluvia que se mostró finalmente mi aliada, frente a la puerta que miles de gentes anónimas y famosas, con mejores o peores intenciones, creyentes o profanas, de ayer y de hoy, y movidas por la curiosidad o por el estudio, habían traspasado para adentrarse en uno de nuestros misterios mundialmente conocido.

Me recibieron tres personas, hijos de María Gómez Cámara, en el mismo cuarto dónde aparecieron y estaban los primeros rostros. Veían la televisión y me resultó curiosa la tranquilidad y normalidad iniciales que dominaban la estancia hasta que caí en la cuenta de que ,para ellos, el fenómeno era parte de sus vidas.

Era la primera vez que estaba allí pero tuve la convicción de que nada había cambiado. La Pava, incrustada en la pared , con el paso de los años seguía buscando su ubicación original y que, según mis acompañantes –yo no vi nada- guiñaba uno de sus ojos; el pelao, apoyado en la jubilada cocina e igual de pensativo que antaño; la niña del blusón, el caballo, la mujer de pecho descubierto; en definitiva, todas las manifestaciones del más allá que con dosis excesivas de capricho unas veces e imaginación desmedida otras, surgieron o aparecen y desaparecen en el suelo de cemento.

Todo me era familiar por la cantidad de datos publicados consultados y escuchados: aquella mesa redonda sobre la que programas de radio hicieron emisiones míticas, los sillones raídos en los que reposaron maestros e investigadores en largas tardes de charla con los protagonistas, las flores de plástico que un día lucieron con mejor aspecto. Todo se me antojaba fascinante por la radiación de historia prisionera que se concentraba entre aquellas paredes de plomo encalado. Pero, pasados los minutos, supe que ni la visita sería provechosa ni la satisfacción plena hasta que encontrase lo que había ido buscando. Quería captar, como antes otros lo habían hecho, la cara más humana del asunto que me permitiera olvidar la bandeja plateada con billetes de cinco y diez euros estirados y colocados estratégicamente en un torpe gesto comercial. Imperaba convencerme de que el aireado donativo era el pago al excelente trato y paciencia, y no el sucio negocio de unos herederos incautos o mal aconsejados que saben que la gallina de los huevos de oro pronto entrará en la menopausia.

Finalmente lo conseguí cuando me quedé momentáneamente a solas con José, el anciano que, silencioso, miraba la televisión ajeno al mismo protocolo contemplativo y explicativo a miles y miles de visitantes. Intuí que él representaba y poseía la esencia primigenia de su madre; la misma que describió Luís Mariano Fernández cuando iba a visitarla al hospital de Jaén en el que finalmente se cumplió la profecía; la misma frescura rememorada cuando me refería las muchas visitas de Iker y “La rubia”, o de un investigador alemán de nombre impronunciable y de escritores que magnificaron acontecimientos para vender más.

Aquel hombre me regaló dos revelaciones que coincidieron en número con mis sensaciones: que estaba cansado y decepcionado por quienes no habían podido dar respuesta al fenómeno, y que tenía miedo a morir sin conocer la verdad y propósito de los del otro lado.

José, el mismo que se quedó helado cuando le informé de que Don Germán de Argumosa había dejado de ir a investigar a la casa porque había fallecido, el mismo que rogaba que los acontecimientos se precipitasen hacia un final antes de su fallecimiento, resultó ser para mí la prueba inequívoca de la verdad que aquellas gentes, encerradas entre tan bellas montañas, representa. Pero la veracidad, pasados los días, no me ayuda a borrar definitivamente los cuantificables rostros que lucían planchados en aquella bandeja plateada.

“- Pídeme lo que quieras y te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino.

- La cabeza de Juan el Bautista. Quiero que me des al instante, sobre esta bandeja, la cabeza de Juan el Bautista”.

Son muchos los que se han dejado o se dejan seducir como Herodes (periodistas, locutores, televisiones, investigadores, etc...) y son muchos los que han sacado beneficio con los protagonistas de la casa de las caras de Bélmez (emisiones, publicaciones, reportajes, artículos, entrevistas, etc...). Me resulta increíble que tan buenos coreógrafos no hayan caído en la conveniencia de recomendar a Salomé la cautela de ponerse unos velos que, sin dejar de sugerir, tapen vergüenzas cuando baile frente a la sociedad al compás de melodías críticas.

Me refiero a un simple cepillo como el de las iglesias que, aporte extra a las ricas arcas de la curia o no, de cara a la parroquia siempre será mejor y más elegante que poner la mano.

O bien es un descuido de los encariñados con las gentes de la casa, o la confianza y camaradería proclamadas distan mucho de lo que entiendo es la amistad.

A pesar de todo, disfruté.