He terminado de leer “ La mano de Fátima” de Ildefonso Falcones y aparte de no ser el mejor libro del autor –dejó el listón muy alto con la Catedral del Mar-, suponiéndole al escritor la veracidad conseguida a través de la maestría documental de la que hace gala en todas sus publicaciones, he podido reafirmarme a través de sus palabras en la idea de lo animales que fuimos los españoles intentando imponer una religión, la nuestra, a los musulmanes que vivían en España y lo animales que fueron los musulmanes al intentar imponer una religión a los cristianos que vivían igual de mal, e incluso peor, que ellos. Un mundo salvaje el del siglo XVI habitado por fieras, en el que la ley del más fuerte era el medio de supervivencia recomendable.

Había oído hablar de los moriscos, de su peregrinar por la fe cristiana de cara a la galería y su devoción en la sombra a su único y Dios verdadero. Cristianos nuevos y cristianos viejos se conocían haciéndose la puñeta mutuamente por vivir juntos, mientras que la realeza –gobierno que no democracia- dictaba absurdas leyes desde sus tronos preocupados más por la limpieza de sangre, hidalguía, honor y honra que por las necesidades de, como en gran parte de la historia, el Pueblo más vulgar y llano.

No hemos cambiado tanto. Continuamos siendo gobernados, explotados, existe la mezcolanza de culturas y religiones, el racismo, la xenofobia, pagamos rentas, se defrauda y nos defraudan, hay habitantes de primera y de segunda, alianzas políticas, chanchulleros, marrulleros, proxenetas, estafadores, jugadores, inquisidores, y seguimos intentando implantar unas creencias y forma de vida al contrario por encima de todo disparando las culpas abiertamente por debajo de nada.

Hoy, porque nos consideramos civilizados o políticamente correctos, nos conformamos con intentar suprimir el velo islámico de las mujeres o vetar el puterío en los barrios con partidas santas mahometanas, pero si pudiéramos, si diésemos rienda suelta a las pasiones, no dudaríamos en promulgar una nueva expulsión de los moriscos a través de cualquier puerto los unos, o una reconquista de tierras sagradas los otros. Somos peones de Guerras Santas y Cruzadas y a las primeras de cambio, como una escarificación, emerge la cruz o la media luna en cuanto el objeto discordante desea imponer y no obedecer o asumir.

Por mi parte, cansado de escuchar opiniones varias y dispares, algunas fundamentadas y muchas caóticas, decidí acudir a la fuente y apelar a la sinceridad de la persona por boca de mis compañeros de trabajo. Como quien no quiere la cosa hablamos sobre la relación actual entre cristianos y musulmanes, los problemas de convivencia, los choques de fe, y estas fueron las respuestas:

Cristianos practicantes

- “No veo mal que practiquen su religión igual que nosotros practicamos la nuestra, siempre y cuando exista un respeto mutuo.”

Ateos, arrianos, marianos, marranos y marcianos nacionalizados

- “¿No están en nuestro país? Pues que se amolden a nuestras leyes y costumbres. Cuando nosotros vamos a sus tierras tenemos que cumplir sus reglas, así que ahora que también lo hagan ellos. Si no les parece bien como se vive aquí que se vayan a sus casas.”

Musulmanes

- “Las mujeres llevan el velo porque quieren, nosotros no las obligamos”

- ¿Y si, por ejemplo, tu mujer quisiera quitárselo, podría? – volví a preguntar –

- “Eso es impensable, me enfadaría y la obligaría a ponérselo. Es imposible que se lo plantee. La mujer musulmana obedece al marido y vosotros deberíais de educar a las vuestras igual.”

- Entonces, no tienen libertad de elección.

- ¿Cómo que no? Ellas lo llevan porque quieren.

La mano de Fátima, una novela histórica recomendable ambientada en tiempos pretéritos; ¿O no tanto?