Cuando veo por televisión los encierros de San Fermín, no puedo evitar el sabor amargo de la nostalgia mezclada con el café del desayuno. Me acuerdo de aquellas frías mañanas leonesas, de aquellas imágenes en blanco y negro, dulces pero sacarosas, que vivía y comentaba junto a mi padre. Recuerdo los primeros rayos de sol que se colaban por la desvencijada ventana de madera hinchada por la inclemencia del invierno, que él repintaba año tras año cuando tomábamos la casa al asalto verano tras verano.

La perspectiva era diferente. Miraba a los toros de frente, cerca del aparato, con los ojos como platos, sentado en unas sillas extrañamente bajas, de colores coloniales, que tanta gracia nos hacían a mis hermanos y a mí y que, en las reuniones vecinales de la noche, en la calle, aspirando el aire puro que despedía un cielo rojo presagio de buen tiempo, bajo el análisis perspicaz de un niño resultaban ser el mobiliario típico de la zona o la época.

La afición inculcada no pudo con la prudencia educada y nunca me planteé correr delante de un toro o vaquilla. Una vez me tocó salir como alma que lleva el diablo cuando, ya más mayor, mi padre y yo nos dirigíamos a comprar pintura y cruzamos las talanqueras puestas para las fiestas patronales de la ciudad. Nos vimos sorprendidos por una marea humana que daba más miedo que la negra y poniendo pies en polvorosa corrimos cuando el cohete retumbaba en los cielos a más de doscientos metros de donde nos encontrábamos; saltamos, y parapetados tras los maderos, nos miramos y telepáticamente reímos pensando que en la tele parecía que los toros corrían de lo lindo, pero que de ahí a la velocidad supersónica iba un trecho más largo del que cuento.

Hoy ha sido una forma inmejorable de comenzar el día. Con una cornada ascendente de treinta años en el tiempo, de las que tocan el corazón.