Como digo cariñosamente, las tres rosas de mi familia. Cuanta sabiduría encierra la instantánea. Qué torrente de historia transmiten los ojos de quienes han vivido tanto; en la vista frontal o con la pose huidiza, extraviada o reflexiva, podría perderme en la imagen y en los pensamientos de las protagonistas. Fue el día de la comunión de mi hija, de su bisnieta.
Hoy la miro y la encuentro más mágica que nunca ya que, el archivo digital almacenado en un rincón de la memoria de mi ordenador, entró en la chistera para desaparecer como el conejo del ilusionista y aparecer convertida, con todo su significado, en el duro reflejo que sirve para recordar lo que jamás volverá a suceder. Cuando nace una fotografía, inevitablemente, algo muere.
La flor del centro, que resplandeció durante 95 años, perdió ayer su último pétalo. Ese día estaba radiante. Había vuelto a ganar la batalla asistiendo a una reunión familiar de las que tanto gustaba participar. En mi casamiento se marcó una nueva meta y de nacimiento en bautizo y de boda en boda se presentó, como quien no quiere la cosa, en la jornada en la que, pañuelo en cuello, se enjoyó, peinó y perfumó marcándose al final como objetivo otra partida jugada al destino. Decía el sacerdote en la ceremonía de esta mañana que ha pasado a vivir con mayúscula pero, creencias aparte, lo cierto es que la muerte la arrancó del jardín de quienes la conocíamos sin que nada puediéramos hacer para impedirlo. No es la primera vez que veo un cadáver pero si lo fue el observar de cerca la agonía. Una sensación trágica para los que la visitamos durante sus últimos momentos y, sobre todo, para quienes estuvieron a su lado en interminables horas de sombra o pudieron llorar cogiéndola la mano durante un breve instante. Un tiempo necesario, a pesar de doloroso, para quien en los momentos de anestésica morfina, rotos por breves espacios de cordura, recordó la ingente cantidad de vivencias y experiencias acumuladas durante su vida. No encuentro otra explicación para acudir a una batalla perdida de antemano, que no sea el luchar por revivir a pesar de las heridas finalmente mortales.
Noventa y cinco años y punto final, eso sí, comenzando el siguiente renglón de su historia con una palabra que, a buen seguro, habrá empezado con mayúscula junto a quienes ya la disfrutan se encuentren donde se encuentren. Prometo jugar por etapas el tiempo que me quede, como me enseñaste sin saberlo. Deseo envejecer, sufrir, disfrutar y tener la suerte de despedirme como tú, rodeado de cuantos me sigan queriendo cuando llegue el momento. Yaya, de vez en cuando acuérdate de mí, como yo lo haré de ti. Estoy seguro de que volveremos a vernos aunque ninguno de los dos tengamos prisas para ello.




Me quedo con la frase: Cuando nace una fotografía, inevitablemente algo muere.
Feliz verano.
Tuya es, Joaquín.
Feliz verano igualmente para ti.
Un abrazo.
Mi más sentido pésame.
Si es quien yo creo que es, tenía un sentido del humor envidiable.
Muchas gracias Odys. En efecto, tú la conocías y tenía un sentido del humor y ganas de vivir envidiables.
Un abrazo.
Un escrito precioso, que te ha salido como siempe desde el corazón.
Gracias por seguir escribiendo estas cosas que tanto transmiten.
EN EL NOMBRE DE ELLA TE DOY LAS GRACIAS POR TAN VELLO RELATO , DESDE DONDE ESTE SEGURO QUE SE SIENTE CONTENTA Y FELIZ