Hablábamos anoche mi mujer y yo, en una terraza, con una pareja de las que gusta conocer; ella concejala de igualdad del ayuntamiento del pueblo en donde veraneamos, y él uno de esos sensatos de la vida que suelen tener más razón que un santo simplemente por la claridad con la que se expresa.  Después de pasar por los temas clásicos sobre los que se debate en cualquier charla cervecera, surgió el de la política.
Cuando te aventuras a dar tu opinión entre desconocidos, jugándotela como en una ruleta rusa, pueden pasar dos cosas: que quedes fuera de lugar, apartado de la conversación bebiendo amargamente el balazo en soledad, o que, por afinidad de ideas, termine la velada amigablemente y con un click sordo e intercambio de móviles.  Esta vez fue la segunda.

La política actual, vista desde fuera o desde dentro, proyecta en el público la misma imagen distorsionada que conlleva a la coincidencia sobre los problemas que tanto la deterioran: falta de compromiso, de líderes, de personas que transmitan, de pasión, de una nueva "pana" que tome los mandos, pero sobre todo de personas con ideas inculcadas y convencidas de lo que defienden; individuos que no busquen un sueldo ni una afiliación por conveniencia, que nada tengan que ver con el amiguismo en las listas; el que ha terminado con el caprichoso azar que unió a tantas y tantas personalidades explosivas, ruidosas y meteóricas.

Cuanto se echan en falta aquellos políticos revolucionarios, de fe,  y mucho más cuando te encuentras por tierras andaluzas, cuna de tantos y tantos buenos idealistas.