Para ser jefe, o mejor dicho, para ser un gran dirigente, lo más importante es pasar muchos años en la empresa sin ver nada de lo que sucede alrededor - en su defecto hacer la vista gorda - , no tener prisa, y dejar que otros, los que te han recomendado, decidan. Tiene su lógica porque, la persona que reuna estas condiciones, en la soledad del gobierno es dónde estorba menos y hace que los pilares productivos le sostengan a él y a la cúpula organizativa, sin continuas torpezas ni riesgo de que se acabe el chollo.

Un ejemplo de lo que digo:

El Papa siente tristeza por no haber sido suficientemente vigilante, veloz y decisivo a la hora de afrontar los casos de abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes.

Demoledora declaración pronunciada por el sucesor de San Pedro nada más llegar al Reino Unido en visita oficial. Veterano, ciego y títere no siente rabia, no muestra indignación, no le invade la repugnancia ni le marea el olor putrefacto de la iglesia de hoy; no se le llevan los demonios, por el momento. Siente tristeza, el mismo estado de ánimo en que pudiera encontrarse un niño cuando ve una película en la que al final muere el perrito por salvar a su amo. El pequeño se siente aliviado cuando, en pijama, acurrucado en los brazos de sus padres, le hacen ver que no es real, que todo es producto de la magia del cine y que en verdad no ha muerto nadie. El Papa, con su "virginal" atuendo, acunado por el beso de unos labios pintados de púrpura, también.

Es lo que tiene contemplar durante tantos años el cielo de un rombo, dirigir sin dirigir, mirar para otro lado, vivir en el imaginario  autorizado para todos los públicos de un niño, que cuando miras a la tierra, te acomodas o no te interesas por el guión que te escriben, el mareo te hace decir muchas tonterías y, a los ochenta y tantos, quedar como un cínico triste.