Jueves 25 de noviembre, jornada que para los que estamos trabajando esta semana de noche significa que en dos "arreones" más nos quitamos el arado con algún que otro surco más en la frente. Sueños aparte, este día es muy importante para cualquier hombre. Celebramos la lucha en una noble causa.
Los españoles somos quijotescos y nos gusta defender lo indefendible, así que no es de extrañar que cuando la batalla es contra unos duros molinos de viento, tan reales como blancos, ni la imaginación más poderosa debería desviar nuestra atención confundiéndolos con fantásticas siluetas de gigantes. No es un jueves cualquiera decía, porque hoy me uno, los hombres nos unimos en la celebración del Día Intencional contra la Violencia de Género.
La semana pasada escribí una carta al director de un famoso programa radiofónico en el que le hacía saber la inquietud que me había provocado escuchar como uno de sus colabores, padre cofundador de RTVE y al que admiro por sus reflexiones, hacía público, en tono jocoso y con una pizca de sorpresa, que en España decirle a una mujer “..te voy a pegar una torta” era delito. Al día siguiente el director del espacio, mostrando una caballerosidad exquisita, me contestó informándome que había puesto el asunto en conocimiento del contertulio y que en la próxima edición haría las puntualizaciones, si lo estimase oportuno.
Amigos y compañeros me tacharon de puntilloso, de exceso de celo y de malinterpretar unas palabras, pero estoy convencido de que un primer paso en el duro camino del civismo es no dejar pasar la oportunidad de elevar la voz ante comentarios que frivolizan con un tema tan importante y duro como el del maltrato. Si somos capaces de convertir un penalti, un fuera de juego o una falta en tema de debate cualquier lunes por la mañana; si no nos da reparo ver una y otra vez la jugada, desde mil y un ángulos, ¿cómo podemos dejar pasar sin más una manifestación pública tan grave?
Sancho, escudero fiel, más le hubiera valido al bueno de tu amo enfrentarse a ogros que siendo de carne tendrían un punto vulnerable. Tenías razón, eran molinos construidos con las piedras en las que tropezamos dos veces.




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