Nos ha dado duro con lo del juego limpio en el deporte, con el universalizado fair play. Hemos convertido en una cruzada lo de perseguir a los deportistas que utilizan sustancias dopantes en pro de la consecución de nuevas y buenas marcas que permitan que los patrocinadores se fijen en ellos. Se quieren sacar, lo más barato posible, purasangres de burros y superhombres de mortales, y esto conlleva el riesgo de que si se pilla el engaño te ponen el yugo y terminas haciendo lo que te corresponde: arar de sol a sol o en este caso entrenar todo el día por satisfacción ya que no vas a volver a hacerlo en defensa de ninguna bandera. La máquina social quiere ver mejores jugadas, tiempos estratosféricos, saltos más altos, montañas con más pendientes. ¡Es la guerra, traed madera. Más madera, más madera! - gritaba Groucho Marx mientras sus dos amigos dejaban los vagones del tren mondados-.
Pagamos por el espectáculo y nos gusta ver como los gladiadores caen muertos por agotamiento, disfrutamos contemplando como matan al adversario de la forma más despiadada sin importarnos si, al menos, dedicó unos minutos antes de la contienda a afilar la espada para que el tajo no fuera desgarrador. Cuando nos duele la espalda, o una pierna, o una muñeca corremos al médico en busca de una baja. Podríamos pedir que nos infiltrasen para seguir trabajando pero, por lo que cobramos sería una tontería. Eso sí, por lo que ganan algunos deportistas yo saldría hasta con las piernas rotas a jugar el partido, decimos sin pensar en el dolor.
Igualdad de condiciones significaría competir prácticamente desnudos. Un trapo que tape partes pudendas equilibraría las posibilidades de los contrincantes. Los bañadores y gorros de los nadadores diseñados con tejidos impermeables, los materiales y artilugios más aerodinámicos o las zapatillas ultraligeras con suelas adherentes, por citar algunos, son un tipo de doping que da una ventaja robada por no depender de la biología del individuo o del entrenamiento duro de la persona. Pero en este caso, habiendo tantísimo dinero de por medio, nadie dice nada.
Adoramos la ley del mínimo esfuerzo y abrazamos la doctrina del más por menos. Demostrado que el deporte de élite es perjudicial para la salud de quienes viven de él, que limitará y acortará considerablemente su vida y que es igual o peor que las sustancias y métodos que utilizan para destacar en un medio despiadado, ¿por qué no quitarse la máscara y disfrutar en el estadio olímpico con la madre de todas las competiciones? ¿Por qué no pagar como espectador del mayor acontecimiento del mundo para disfrutar con los deportistas de las mejores carreras, lanzamientos, saltos, jugadas y demás pruebas, aunque sean más un logro de la química que de los cuerpos?
Hasta los mismísimos dioses del olimpo temblarían al ver correr a nuestros galgos.
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