Acabo de llegar de Madrid, de una exposición en el Museo del Prado titulada “Pasión por Renoir” en la que se exponen un conjunto de 31 obras reunidas a lo largo de cuatro décadas por el coleccionista norteamericano Robert Sterling Clark, fundador del Sterling & Francine Clark Institute. La primera exposición monográfica del artista en España.

De vuelta, venía pensando en el tren qué podría decir del maestro del impresionismo que no se pudiera encontrar en una enciclopedia o en Internet. Las estaciones iban pasando y mirando embobado los cables del tendido eléctrico durante kilómetros y kilómetros, subiendo y bajando entre torre y torre como pinceladas paisajísticas trazadas por las manos de un artista, rememoradas a la misma velocidad con la que han pasado los años desde que hacía lo mismo en los trenes de mi niñez, me vino a la cabeza por centésima vez en apenas dos horas el que puede ser el mejor retrato que he contemplado en mi vida, el de Thérèse Berard.

Mi mirada se perdía en el pasado, la de ella, a sus trece años, se adentraba en el futuro. Ambas se encontraron hoy a mitad de camino, en una sala, en el punto donde se cruzan los frutos del inconsciente, en el de los momentos inexplicables que no se saben explicar con palabras porque sencillamente no se puede. Renoir, “la pintura para hacer feliz, como fiesta para los ojos” leía en una biografía mientras esperaba en la larga fila para acceder a la exposición. Ahora lo entiendo, pensé al salir.