Segundo día de espacios sin humos en España desde la entrada en vigor de la Nueva Ley Antitabaco y segunda jornada en España de convivencia pacífica entre los pretendidos bandos, tan difusos fuera de los círculos sensacionalistas como el humo que se esfumó.

Parece ser que la rabieta ha tenido un seguimiento desigual entre los fumadores de los bares y los de las puertas de los hospitales. Los primeros la han respetado , eso sí amenazando con dejar de tomarse el cafelito, la copa o el chato de vino tan saludables en la cultura de la piel de toro y remedio, este último sobre todo, para el corazón y sus dolencias, mientras que los segundos se han pasado la prohibición por el forro de la conciencia considerando más que suficiente fumar del otro lado de la puerta, barrera cristalina y pecera patética entre los convalecientes y los acompañantes, sin dejar claro el lugar en el que se encuentran los ingresados y en el que se posicionan los enfermos.

Escrituras periodísticas aparte, lo que realmente me gusta a la hora de informarme  es hacerlo a través del pueblo, beber de la fuente popular participando de los sorprendentes puntos de vista de mis amigos, mi familia o mis sabiondos preferidos. La mayor parte de ellos ven con buenos ojos la medida. Unos cuantos tachan el decreto de decisión dictatorial; opino que compararlo es la prueba definitiva de que el tabaco mata neuronas, precisamente las más importantes, en las que reside el entendimiento necesario para diferenciar entre libertad y libertinaje. Otros pocos, fumadores para más dato, me han dicho que esta ley lo único que va a conseguir es que se fume en la calle y que, por lo tanto, tenga como resultado que los  vecinos de los edificios y casas colindantes se quejen del ruido que hacen, de lo que manchen las calles y del olor que dejen. Y yo me pregunto, ¿estamos hablando de personas o de una manada de ovejas como las que atraviesan las cañadas reales de las grandes ciudades?  Hacer gala de una conducta incívica es la demostración de lo que ha dolido la medida entre los que siempre han hecho lo que han querido, fumando en todos los espacios públicos sin importarles ni las molestias ocasionadas ni los daños irreversibles, incluso habiendo niños delante. ¡Ya era hora de que los políticos miraran por la salud de los ciudadanos! Si, también de la de los fumadores.

Aunque algunos defiendan que la salud es patrimonio exclusivo de la persona, han sido pocos los viciosos de la nicotina que se hayan aplicado el cuento a la hora de prestar atención a los intereses de los sufridores pasivos evitandoles sus terribles efectos y consecuencias. Se prohibe fumar -dicen los carteles a las puertas de los locales-. Yo añadiría: Disculpen las molestias. Gracias.