Cuando llegaba del gimnasio, en la panadería, he escuchado por boca de un perfecto idiota, la que será sin duda la perogrullada más grande de todas las que me queden por oír durante el día:

“Tanto deporte y tanto sudar. Para qué sirven si al final te vas a volver viejo y te vas a morir igual”.

Los individuos envejecemos, de acuerdo, pero con muy diferentes escalas.

Dicen los científicos que cada uno de nosotros tenemos tres edades diferentes que se solapan en una sola: la edad cronológica, marcada por el calendario; la edad biológica, o lo que es lo mismo, el estado de nuestro organismo, y la edad psicológica, es decir, el grado de madurez con el que afrontamos y sentimos la vida.

Antes era más frecuente que el motivo del fallecimiento de una persona fuera “de pura vieja”; con esto no quiero decir que ahora no se siga relacionando este motivo con la muerte de ciertas gentes que se nos antojan insultantemente mayores.

Nos hemos dado cuenta, o así nos lo venden, que llegar a los noventa no es difícil a poco que sigamos unas pautas de comportamiento saludables durante el transcurso de los años: buscar ambientes idóneos, evitando el sol; no exponerse a temperaturas altas, siendo más recomendable el frío; seguir una dieta equilibrada, huyendo del exceso; hacer ejercicio físico, regularmente llueva o salga el sol; practicar sexo, siempre que se pueda; por no aburrir, todas las recomendaciones con las que nos bombardean una y otra vez, de cabal cumplimiento, que retardarán el deterioro, pero que no evitarán la pérdida grave de células activas.

Hay que cuidarse, sí, pero también hay que concienciarse de algo para que el sacrificio perpetuo no nos haga quedar como el idiota que se quitó de vivir y murió el primero. La herencia es el reloj biológico imparable calculado para funcionar un determinado número de años. Nacemos con una energía de adaptación que permite enfrentarnos a situaciones tales como enfermedades, esfuerzos, tensiones, accidentes y preocupaciones. Como si fuera un videojuego, la barra de energía va mermando, agotándose, dejando una cicatriz indeleble como pago del organismo por sobrevivir después de cada situación, haciéndose un poco más viejo.

Fumando, se acelera el proceso; bebiendo en exceso, cabalgamos hacia la aniquilación; comiendo sin medida, sembramos de minas nuestras venas; viviendo sedentariamente, malgastamos la perfecta máquina que es el corazón; odiando, amargamos el dulzor que es vivir.

“…pues mi bisabuelo fumó toda la vida, desayunaba con orujo, nunca se puso la gorra mientras trabajaba en el campo, y murió con casi cien años…”, es la excusa del tonto que podrá seguir los pasos de su ancestro o ser recordado por “…él se lo buscó.”

Lo dijo Francisco de Quevedo: “La posesión de la salud es como la de la hacienda, que se goza gastándola, y si no se gasta, no se goza.”