La taberna es, entre otras cosas, el nombre de una de las secciones del programa friki La Órbita de Endor , dirigido y presentado por mi buen amigo Antonio Runa. En la última entrega nos habla sobre Espartaco, ese mito terrenal que a día de hoy está tan de moda en España por haberse emitido la primera temporada de la serie “Spartacus: sangre y arena”. Los contertulios habituales, también amigos desde hace años, aunque en esta ocasión cibernéticos, desembocaban sus fluidas conclusiones en un punto común del que discrepo: la serie está plagada de sexo y sangre gratuitos que, puede, no se corresponda con lo que era la sociedad romana del siglo primero antes de Cristo.

Espartaco era un esclavo, el eslabón más bajo representativo de cualquier sociedad que, algunas veces, es envidiado por la élite. Roma era un tejido formado por hilos estamentales. Mientras que en las clases acomodadas la violencia, el insulto y la traición eran artes comunes utilizadas para acaparar poder, los esclavos eran el cimiento, el motor del mundo. Roma estaba podrida y sus habitantes lo sabían. Roma despreciaba la vida; las mujeres eran tratadas como ganado; los niños eran explotados en las minas hasta la extenuación; hombres batiéndose hasta la muerte en la arena del circo, era el mayor espectáculo del mundo. La infidelidad era una condición perdonada por dioses antojados; la ostentación eliminó a la necesidad; el consumo llevaba al vómito para seguir consumiendo. Y yo me pregunto, ¿puede sorprender que en una sociedad vacía de valores el folleteo, el puterío, el sexo extremo, las infidelidades concertadas y consentidas, la sodomía, el masoquismo, el voyeurismo y la pasión desmedida hasta convertirse en vicio, estuvieran a la orden del día? Rómulo y Remo habrían arrancado los pezones de la loba, dejándose morir, antes que ver en lo que se había convertido su creación.

El esclavo, por contra, tenía un poder del que adolecía Roma. Poseían la libertad de ideas y tenían un motivo verdadero, tangible, por el que luchar. Cicerón llegó a decir: un levantamiento de los esclavos implica más guerras que todas nuestras conquistas”, y no le faltó razón. El esclavo como Espartaco anhelaba, aspiraba, representaba la esperanza humana; era la capacidad, la posibilidad que se ha transmitido hasta nuestros días. Espartaco somos todos los envidiados por la clase dirigente cuando llega una crisis y podemos vivir con mil euros. Espartaco somos cuantos nos levantamos día tras día para reinventarnos dependiendo de las posibilidades. Espartaco trabaja conmigo a diario, codo con codo; duerme a mi lado.

Este es para mí Espartaco y esta es la Roma que, creo, ha sido mostrada en la serie de forma transgresora y que, aunque me escandalice, no me sorprende. Dijo Moliere que “todos los vicios, con tal que estén de moda, pasan por virtudes”, y Roma es un buen ejemplo de ello.