Las fotografías en blanco y negro casi siempre han existido. En el pasado sujetas a la dictadura de los tiempos y ahora como libre elección, somos muchos los que vemos en las instantáneas decoloradas una manifestación de poderío y grandeza. El blanco y negro no distrae, sostiene el señuelo de la mirada mientras la imaginación huye para ponerse a salvo de una prisión de mil colores; fuera de una celda con barrotes de carretes vacíos. El blanco y negro es autonomía, libertad de reconocer el cielo poniendo tonos plomizos o pasteles atendiendo a un criterio antojadizo. El blanco y negro es la osadía de una mirada en la que azules, verdes, castaños o negros nada importan porque los tintes del pasado permiten ver más allá de la belleza o la fealdad. El blanco y negro es franqueza, voluntad, sinceridad, sencillez; pero sobre todo el blanco y negro es verdad.

El color es presente, el hoy digital, el progreso imparable, el engaño visual. Llevar una imagen al pasado es un privilegio mientras traerla al futuro es la licencia mezquina de ver lo que nunca fue. Hay imágenes que jamás podrán mostrarse de otra forma y que están fuera de cualquier tiempo, en un lugar de sombra llamado olvido en el que brillos y contrastes escapan para convertirse en nostalgia. Ni blancos y negros ni color, sombras de los que ya no existen.

Fotografía tomada en Madrid el 19 de noviembre de 2011