Ayer dediqué la tarde a ver películas en familia. Para ser más concreto las tres primeras partes de la saga de Crepúsculo. Como soy un pésimo crítico de cine, no voy a entrar en una valoración que, como he dicho, estaría vacía de rigurosidad; ya se han escrito miles de líneas, tanto de detractores como de seguidores. Tampoco voy a decir si me gustaron o no las películas y ni siquiera voy a entrar en la eterna discusión de quién está más bueno, si Taylor Lautner o Robert Pattinson. Mis gustos, obviamente, inclinarían rotundamente la balanza hacia un plato, por una de ellas, Ashley Green.
Sobre lo que empecé a reflexionar tras el interminable visionado salpicado de caras blancas, lomos peludos y ejércitos sedientos fue: puestos a elegir, por qué decisión me decantaría, la de ser un hombre lobo o un vampiro.

Los licántropos campean felices por el bosque con el torso descubierto y los pantalones cortos. Son fuertes, dedicados a la manada, ardientes, temperamentales, apasionados, descendientes de una tradición tribal ancestral y consumidores de adrenalina. Por el contrario, los vampiros son refinados, inteligentes, cultos, visten con elegancia, viven en lujosas casas y conducen los últimos modelos de Mercedes. Ambos son rivales, diferentes, pero tienen dos cosas en común: se sienten atraídos por la misma chica –hasta el extremo de luchar y rivalizar- y tienen un altísimo concepto de lo que es la familia. Serían perfectos votantes del PP aunque, por no ser ni peras ni manzanas, en sus filas no existirían cestos para especies raras.
Difícil decisión. Una vida sin fin plagada de juventud, añorando la vejez, aburrida por los siglos de los siglos; o la existencia breve pero intensa, en contacto con la naturaleza, viviendo a mil por hora.

No me gustan las sorpresas. Yo sería vampiro ¿Y tú?