Ayer por la tarde me intentaron robar las botas en el vestuario del gimnasio. Tuve mucha suerte. En el intervalo del segundo que supone ir de los lavabos a las duchas, divisé a un pedazo de cabrón –y soy rotundo al no otorgarle la presunción de inocencia- que miraba impasible el número de unas botas que reposaban de una kilométrica vida.

- Un 42, me vienen que ni pintadas –pensó el frescales que, estando tan acostumbrado al acto, ni se molestó en mirar antes de cometer el delito-.Seguí mi camino, me metí en la ducha, abrí el grifo y el chorro de agua fría inicial debió ser el causante de que reparara –más vale tarde que nunca- en que el calzado que codiciaba aquel desconocido patán de pelo corto, era el mío. Salí presuroso, mojado, en pelotas y al ver que mis infatigables compañeras, aquellas que esa misma mañana había limpiado y protegido de la lluvia con grasa de caballo, no estaban, pregunté desarmado al desalmado mangante: ¿Dónde están mis botas? Menuda escena, un hombre desnudo defendiendo la propiedad. ¿Puede haber acto más valiente?

Finalmente las recuperé entre pícaras excusas. Estaban guardadas en una mochila de marca que dudo fuera suya, contrapeadas y, para más inri, con mis calcetines dentro. Valiente sinvergüenza, caradura, golfo,  perdulario y asqueroso - por lo de los calcetines sudados-  Dónde vamos a llegar, robar a un hombre delante de sus pinreles.