Cuando era niño, casi todos los meses de marzo, cuando algunos días me regalaban un despertar soleado, proclamaba a los cuatro vientos que el buen tiempo había llegado. Disfrutando de la tibieza estacional era imposible fallar en el pronóstico. Nunca acerté. Año tras año cometía el mismo error dejándome llevar equivocadamente porque era más fuerte mi deseo primaveral de adolescente que aceptar la realidad. El tercer mes siempre allanaba el camino a su cuarto hermano riéndose de mi ilusión. Nunca se lo perdonaré a ninguno.

Esta mañana he sentido algo maravilloso. He debido de desarrollar, por fin, una habilidad que me permite afirmar que el buen tiempo está aquí, que el frio abandona la lucha porque la tregua estival está a punto de ser firmada. El viento se ha pasado toda la jornada jugando con mi olfato, susurrando mi nombre y desapareciendo, tocándome la espalda y escondiéndose cuando giraba la cabeza. Al fin conseguí atraparlo en un renuncio del juego cuando iba cargado de olor a espliego. Ha sido un momento lleno de vida, preñado de ganas de emprender proyectos, embriagador.

El buen tiempo ya está aquí. He respirado a pleno pulmón la realidad que perseguí, en su justo momento. Erraba porque presentía, acierto por lo que siento.